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LA ECONOMÍA DE LA CRISIS AIROSA SOBRE LA CRISIS DE LA ECONOMÍA..., Y HASTA LA PRÓXIMA.

RE-AJUSTES, ABSORCIÓN DE SECTORES, AHONDAMIENTO Y AMPLIACIÓN DE LA EXCLUSIÓN SOCIAL, TENSAMIENTOS EN LA CADENA IMPERIALISTA, HUIDA HACIA ADELANTE DEL CAPITAL: ¿ACERCAMIENTO A LA REVOLUCIÓN? 

AUTOR: TAMER SARKIS FERNÁNDEZ.  

 

   Salarios y crisis: ¿está el capitalismo hundido en una crisis sin interrupción?

   “En España vemos que los sueldos tienden a retroceder”: tiene calado incluso entre la crítica este tipo de expresión, característica de la Economía “vulgar” y su cosificación, donde los “fenómenos” brincan con vida propia molestando a los perplejos. Pero resulta que los “sueldos” no se comportan y, en ese sentido, no “tienden” a nada: el sistema de relaciones inter-imperialistas, donde la España imperialista ocupa una posición concreta, aprieta su cadena y deseca los salarios, más drásticamente, primero y con mayor celeridad cuanto más débil es el eslabón. Y ello -porque está determinado a ser a menos que la lucha de clases altere el curso- es en un doble sentido: bajan los salarios y retrocede la cantidad de salarios.

  

Las matemáticas mandan (pero ojo, ¡que tienen idioma!: el del BCE, el del Deutsche Bank, el del FMI, el de Enher, el de Ford, el de Moncloa, de la CEOE, de la CEPYME, Santander, BBVA, La Caixa, Gas Natural, Endesa, Telefónica, Iberia...): a menos “inversión salarial”, más Tasa de plusvalía, es decir, que el ahorro en Fuerza de Trabajo tiene ciertos efectos compensatorios contra el exceso de gasto acumulado, u objetivado, en maquinaria, energía y materia a transformar incorporándola al producto. Como el ahorro en contratación hace menguar la masa de plusvalía, proceso que no logra ser corregido por el incremento del plustrabajo al que la Fuerza de Trabajo persistente es atada, las recuperaciones en la Tasa de ganancia no consiguen estabilizarse y el correctivo tarde o temprano vuelve a ser incrementar la intensidad de trabajo (más látigo y “racionalización”, es decir, disciplina y militarización laborales: para muestra el botón del dictamen alemán respecto de ligar salarios españoles a “productividad”, en realidad a Tasa de explotación). Los otros correctivos son incrementar la productividad de trabajo (más inversión en investigar y producir maquinaria, y más gasto capitalista hasta que la sobre-proporción incorporada a los procesos productivos empieza a contraer de nuevo tanto esa inversión en I + D como esa compra por los capitalistas) y ahorrar salarios y en salarios.

  

Nos hallamos ante un círculo vicioso tan despiadado y carente de voluntad, autoría sobre su propio movimiento, o capacidad para auto-contenerse, como lo está un río que se desborda y pierde caudal porque en su ser ya no podía comprender todo el caudal que había acumulado, arrasando los campos de ribera que a su paso halla. Cierto es que “un río restituye” así su armonía, pero sólo podrá alcanzarla transitoriamente si en su ecosistema de pertenencia están contenidas las premisas de un nuevo desbordamiento; premisas que el movimiento natural del río mismo contribuye a producir, por ejemplo, cuando ese desbordarse mismo incrementa la humedad de la tierra o estimula la flora y así provoca mayor pluviosidad, o cuando el río culmina en el mar y por tanto se convierte en materia prima para el proceso de evaporación, condensación y lluvia... En el río, el sobre-caudal, por su movimiento mismo, produce su propia contradicción y se niega en ella -en la armonía-, tanto como ésta, en su actuar como sistema de elementos (es decir, por su esencia), se realiza en una nueva edición del fenómeno de desbordamiento.

  

En el caso del capitalismo, las leyes del propio Modo de Producción componen la “naturaleza” que enmarca la consumación de la ganancia en crisis y la consumación de la crisis -mediante la aplicación de la Política Económica determinada por la Economía Política- en nuevas perspectivas de ganancia que incentiven la inversión, ¡hasta nueva crisis!. Pero con una diferencia... En el caso del río, bien el ecosistema englobante absorbe el impacto del agua y se reconstituye una y otra vez en “su ciclo natural” del que el impacto no es sino parte, o bien el ecosistema es destruido por la acción misma del río y muta. En el caso del capitalismo, primero: las leyes del Modo de Producción, en su actuar y sin mediar revolución, no lo destruyen llevándolo a mutación evolutiva, sino que lo destruyen por involución post-bélica (“vuelta” a la sociedad mercantil pre-capitalista) o por aniquilar la condición de posibilidad del capitalismo y de cualquier otro Modo de Producción. Y, segundo: la existencia social en general -y, particularmente y a fortiori, la existencia social particular de la clase antagónica a la burguesía, el proletariado, cuyo golpeo por la burguesía es condición de posibilidad para salir de la crisis capitalista en el capitalismo, contra todas las fabulaciones a propósito de una “salida de izquierdas” a la crisis-, no es una existencia que absorba el impacto de la crisis para ir recuperándose y restableciéndose en unos estándares estables.

  

Es una existencia cada vez más deteriorada porque sólo en esa agudización de la contradicción sociedad-economía, puede el segundo polo paliar su propio deterioro. ¡Que no resolver ese deterioro!, pues, al fin y al cabo, “el capitalismo no es una cosa, sino una relación social mediada por las cosas”, así que el deterioro de la capacidad social de consumo y de la capacidad natural de provisión de Capital circulante, no pueden más que añadir más leña al fuego donde por sí y en sí  (por las leyes que rigen su producción) arde el capitalismo.

 

  

En otras palabras, los “optimistas” -apologetas del capitalismo en realidad, quienes le visten de unas virtualidades que no posee- se equivocan o engañan cuando asimilan el ciclo capitalista crisis-recuperación a un “eterno retorno” de desgaste-recuperación, pues la acción que el Capital tiene que acometer para salir de su crisis no solamente contiene la semilla de una nueva entrada crítica, sino que produce una sucesión de crisis cada vez más próximas en el tiempo y cada vez más graves (parafraseando a Marx). Pero también se equivocan quienes hablan de una crisis sin fin del capitalismo; aquello que no tiene término -es decir, que no tiene otro término que el fin, revolucionario o auto-aniquilador, del propio capitalismo- es la caída de la Tasa de ganancia, cuyos altibajos matemáticos dentro de la línea englobante a la baja (línea que uno puede trazar como un índice promedio abstrayendo la dispersión de tasas) son el indicador de los altibajos en la actividad capitalista. Esta ley económica particular del capitalismo reconduce invariablemente al capitalismo de cabeza frente a su contradicción, que se le impone, reconduciéndolo así, de modo inextricable, también a “superar” momentáneamente su contradicción echando mano de la única política específica en la empresa, en el Estado y en las relaciones “internacionales” del imperialismo (política a la que, de modo cosificador, la ideología dominante en las masas y en particular la izquierda nombra “crisis”, alegando a cada momento y en cualquier conversación o declaración: “es la crisis”, cuando en realidad se trata de la actuación de los capitalistas y de la burguesía en su conjunto -del Estado- contra la crisis).

  

Por eso es tan peligroso con-fundir crisis con decadencia (es decir, con la entrada de las Fuerzas Productivas en relación contradictoria antagónica con las Relaciones de Producción), afirmando que no hay decadencia sin crisis y elevando a la última a la categoría de constante. Porque da una oportunidad de oro a la burguesía para emprender, desde el momento en que empieza a recuperarse, una campaña ideológica con toda su artillería de prensa y de “expertos” para “desenmascarar” a los “pájaros de mal agüero”, a los “antisociales”, a los “catastrofistas”. Al tiempo que muestra auto-complaciente sus tablas y gráficas de recuperación y empieza a propagandear respecto de las miserables manifestaciones socio-económicas que acompañan a la re-activación de las perspectivas de obtención de cierta Tasa de ganancia y así a la re-activación de la inversión, de la investigación, de la compra capitalista de Capitales y de cuotas crecientes de producción. Puede subrayar de esta manera la condición de esas miserables manifestaciones socio-económicas (descenso del desempleo, reducción del déficit estatal, re-activación de la concesión de créditos, nueva salida a flote de la pequeña y mediana empresa, afloramiento de “oportunidades” de subcontratación y de trabajo “autónomo”, etc.) a modo de “fruto de la solidaridad de todos y de haber arrimado el hombro”. El modelo de ciudadano “solidario”, “cívico”, “patriota”, “realista”, “que sabe sufrir y ser austero para bien de su futuro”, “responsable con la estabilidad de <<su>> empresa”, puede ser elevado a los altares por contraposición al “derrotista”, enemigo de la sociedad democrática al “haber estado retrasando, con su actitud negativa, la positivización de la realidad”.

  

Además, aquellos Estados que, como Alemania o Estados Unidos, están, por la posición que ocupan en la jerarquía de la cadena imperialista, en condiciones de “externalizar” la crisis hacia los pueblos oprimidos por el imperialismo y hacia potencias imperialistas de segundo orden, sea mediante la diplomacia, los tratados comerciales, el desplazamiento de Capital fijo y el privilegio de inversiones, o sea a bombazo y saqueo a tumba abierta, son Estados que pueden “suavizar” (comparativamente hablando) la intensidad, magnitud y alcance de los golpes que dirigen contra “su” proletariado.

  

Paralelamente, determinadas capas “proletarias” si nos atenemos a una concepción jurídica (burguesa; revisionista) del Régimen de propiedad (es decir, nominalmente asalariadas), aunque no participan de la formación de plusvalía ni directa ni indirectamente y, al contrario, absorben una fracción que re-aparece en el salario, o son levemente afectadas por la crisis (una parte del universo de asalariados afectados por el 5%; por aquellos y por ellos mismos han movido los sindicalistas su maquinaria sindical), son capas que o bien no son afectadas en su putrefactos y vomitivos “Bienestar”, “libertad” y “calidad de vida”, o incluso se benefician del “antídoto” de mover las piezas de la explotación y la opresión imperialistas. La correlación es significativa y hasta puede decirse que las dos Variables recorren al compás su horrenda danza de la Muerte: cuando el Estado estadounidense va a “la guerra” (a masacrar un “objetivo” fijado, a llevarse Capital circulante, a colocar Capital fijo y a atar a parte de la población territorial a ese Capital fijo), la Tasa de ganancia se pone en ascenso y continúa ascendente por tiempo (léase “Orgía de ganancias en la guerra y ocupación de Irak. Pero... ¡la crisis reaparece más aguda!”, en: El Comunista. Organo del Partido Comunista Internacional, nº 47, mayo de 2008).

   Ocultando entre bastidores sus múltiples relaciones imperialistas con Estados capitalistas dependientes, adopten estas relaciones la forma político-económica o político-militar, o ambas, los polos dominantes pueden aparentar a través de sus pantallas de LCD o de neón y vidrio anti-atraco, la abstracción, la mistificación, de que “el sistema tiene recursos para sobreponerse a sus crisis”. Tanto en estos casos como en los que se corresponden con potencias imperialistas secundarias o con Estados capitalistas dependientes unilateralmente del imperialismo, afirmar que el Capital se halla hundido en un pozo sin fondo de crisis, sin matizar que dispone de asideros donde agarrarse e iniciar operaciones de escalada (aunque la corriente que lo precipita hacia abajo acabe siempre por imponerse y el movimiento, globalmente considerado, sea de retroceso), es una afirmación que engaña al proletariado y lo inhabilita para calibrar la potencia de su enemigo. Fija a los elementos más avanzados del proletariado en el prejuicio de que el enemigo es impotente para auto-reproducirse acogiendo en su seno de condiciones y perspectivas materiales a una fracción del proletariado numerosa y, mucho más importante aún, una fracción que es cualitativamente clave por sus funciones laborales en los monopolios empresariales o en el engranaje del Estado. Se trata de un proletariado que trabaja apresado en la complejidad que la “racionalización” productiva ha conferido al organigrama empresarial. O que trabaja apresado en ese auténtico gigante totalitario inédito en la historia de la humanidad: el Estado democrático, bajo cuyo laberinto polimorfo de instancias y más instancias y organismos administrativos, de control, tributarios, de intervención social, formativos..., engrasados por la sangre tintada del imperialismo, yace el proletario, jornada tras jornada, enterrado “vivo”, pero a cuya sombra se nutre, vegeta y agradece.

  

 En efecto: la burguesía no es impotente, sino que desarrolla y aplica potentes mecanismos imperialistas de albergancia social-reproductiva para un sector del proletariado que, dialécticamente, no está inserto más que en la mezquina función de cooperar en la reproducción acrecentada de esos recursos que son empeñados en su propia reproducción por sus dueños de las finanzas y de la burguesía estatal-burocrática (bien es verdad que a costa de la mayoría del proletariado incluso medida la proporción a escala “nacional”, y a fortiori si medida a escala internacional). El correlato de esta buena disposición material de elementos por parte de la burguesía y de su Estado, es una relativa adhesión ideológica al Capital, principalmente a su rostro social-demócrata o, en casos como el de España -donde “la prosperidad”, la comodidad y la tranquilidad de estos trabajadores son provistas sobre todo por el manejo que la burguesía burocrática territorial hace del “patrimonio” y del mosaico de dispositivos tanto para la tutela sobre uno u otro aspecto de la vida social, como para la extorsión del proletariado, de la pequeña burguesía e incluso de los medianos capitalistas-, este proletariado se mira en el espejo chovinista de uno u otro nacionalismo, al que acude a votar cuando le manda el calendario, temeroso de la ruptura de tan gratificante statu quo por obra del “enemigo exterior”.

  

 En Cataluña acaba de verificarse cómo este rebaño amedrantado oscila como un péndulo desde la opción del “Estado del Pueblo” (que, presumía erróneamente este rebaño, no iba a deteriorar sus condiciones) hacia la opción del “Pueblo nacional fuerte y unido” para hacer frente al “abuso del Estado central”. Es decir: prietas las filas y los bolsillos, y, ante todo, solidaridad con los gerifaltes de la administración regional porque, de perder estos la batalla fiscal y presupuestaria, los primeros en resentirse no van a ser justamente esos 60.000 catalanes que cobran un promedio de 390.000 euros al año.

  

   Crisis y pensiones

  

 Se calcula que los fondos de pensiones poseen un 27% del PIB mundial. ¿Por obra de emplear el dinero que recaudan como pagos de cuotas para pensiones en invertir en la compra de acciones?. ¡No!: esa es la punta del iceberg. Los fondos de pensiones se comportan como uno de los grandes purgantes, o laxantes, o adelgazantes, o saneadores, de que, junto con la guerra, dispone el capitalismo en su lucha consigo mismo por evacuar su sobre-acumulación de maquinaria y de Capital dinerario (sobre-existencia de capitales en relación a sus posibilidades de ser adquiridos o de ser invertidos en la producción según el patrón racional de obtener un cociente rentable entre plusvalía y compra-gastos de funcionamiento-mantenimiento-reposición).

   Los fondos de pensiones compran empresas a cientos, teniendo todas ellas el común denominador de no ser rentables o de no ser competitivas. Se avanzan, pues, a la quiebra de la empresa, o a la adquisición por las competidoras, y obviamente, en tales circunstancias, la compra es “barata” (para baremos correspondientes al mundo del Capital). Una vez cerrada la transacción, en lugar de proceder como lo haría un capitalista “tradicional” según las funciones de su ser social -”racionalizar” el trabajo en su técnica y en su división, especialización y articulación; invertir en productividad; intensificar el trabajo; etc.-, o, mejor dicho, en lugar de quedarse ahí, semi-paralizan la actividad de la empresa, precarizan todo lo precarizable, arrancan de la empresa todo Capital que no sea indispensable, suprimen todo gasto suprimible, despiden a una gran proporción de la plantilla, acaban con la diversificación productiva de la empresa (si la hubiera), concentran la producción en un aspecto parcial englobado en procesos terceros llevados a cabo por Capital ajeno que pasará a ser comprador de su mercancía, o incluso cambian la actividad de la empresa hacia una mercancía inédita para ella. El corolario es que el fondo de pensiones no sólo no ha hecho gasto -inversión- en la empresa adquirida, sino que la ha descargado de gran volumen de Capital que no se rentabilizaba. Así, resurge la perspectiva de obtener una buena Tasa de ganancia, compradores potenciales empiezan a interesarse por la empresa y, de paso, el fondo de pensiones se ha ahorrado costes de mantenimiento. Entretanto, miles de proletarios han sido despedidos y los que quedan trabajan en una precariedad mayor. Dispuestas así las cosas, el fondo de pensiones vende la empresa por un valor superior al de la compra que hubo efectuado.

  

Visto así, es “normal” que los Estados estén favoreciendo a los planes de pensiones, ya que estos contribuyen a la descarga empresarial de Capital en funciones, a paliar el descenso de la Tasa de ganancia y por tanto a re-activar la compra capitalista de Medios de Producción y la inversión en su desarrollo y producción.

  

Por otro lado, los Estados se descargan de un gasto considerable y determinado a no poder ser sostenido en sí por el capitalismo decadente, como son las pensiones, pasando además a ser cobradores sobre la ganancia obtenida por los fondos de pensiones. ¿Cómo va el Estado capitalista a continuar pagando pensiones por mucho tiempo?: por ejemplo, en España el fraude fiscal es de tres veces el total de los presupuestos del Estado. “¿Fraude?”: laissez-faire, laissez-passare, para hablar con propiedad. Evidentemente, las deducciones automáticas nominales a los asalariados no dejan lugar a dudas: el impago de impuestos es empresarial. El Estado capitalista no está para hundir la competitividad del Capital monopolista nacional ni del Capital financiero cobrándole impuestos, sino para todo lo contrario. Con el capital medio y territorial no se procede con la misma manga ancha: corrupciones fiscales y sobornos aparte, se les cobra y, si no pueden sostenerse y sucumben a la ley de la competencia, mejor que mejor: el Capital, caníbal y carroñero, acumula fuerzas sobre la base de su concentración, y, finiquitada la competencia intra-nacional con empresas menores terceras, se concentra sin fragmentariedad en la competencia internacional.

  

Pero, aun así, la casi totalidad del Capital medio y pequeño, además de las empresas que no realizan la acumulación ampliada de Capital, sino solamente su reproducción simple, conforma un tejido que no compite con el Capital monopolista; es nada más que una constelación de satélites dependientes del último. Venden al gran Capital, le sirven, lo transportan, lo atienden, le compran, le proveen, investigan e innovan para él, lo mantienen, lo reparan..., de modo que el Estado tiene que asegurarse de que su contratación capitalista sea hecha a precios rentables o, mirado desde el reverso, tiene que asegurarse de que estén en condiciones de ofrecerse al Capital a precios competitivos, y eso pasa por el “descuido” fiscal también con esas empresas.

 

   ¿No hay trabajo y sobran trabajadores, o a la burguesía le sobra Capital?

  

 ¿No hay trabajo?. En primer lugar, nadie con un mínimo, ya no de lógica dialéctica, sino de lógica “vulgar”, puede expresar que no hay trabajo cuando, además de reducirse drásticamente las contrataciones, las empresas están despidiendo. Es decir: no se trata de que no haya trabajo, en un sentido similar al que podemos emplear cuando exclamamos “hoy no hay sol” (a la vista; no sentimos el sol); son las empresas las que están destruyendo empleos. Hasta qué punto la destrucción de empleos (de salarios, pues de eso se trata como parte del movimiento inercial empresarial hacia la corrección de la caída de la Tasa de ganancia mediante el incremento de la Tasa de plusvalía), significa destrucción de trabajo, es una cuestión compleja de analizar. En todo caso, el pseudo-radicalismo (anarquista, anarco-sindicalista, etc.) que atribuye la causa fundamental del desempleo a una política voluntaria del capitalista, como individuo calculador y pensante, hacia el ahorro de salarios y la intensificación del trabajo en el proletario persistente, simplemente está, como todo ejercicio idealista de pensamiento, invirtiendo la realidad. Es la desactivación de la función capitalista de inversión, de ampliación del Capital y de ampliación y diversificación de la producción, unida a la desinversión en desarrollo e innovación de Medios de Producción por parte de ese sector empresarial capitalista, el proceso que, al tiempo que deja a buen número de sus “asalariados internos” sin función objetiva -pues deja de haber proceso-, comporta el cese de demanda de procesos terceros y así son esas empresas-satélite las que, como tales, “se quedan sin trabajo”. Al no poder ser, por ende, la Fuerza de Trabajo ligada a su función (a su cualidad, o valor de uso), es expulsada de facto del trabajo por el empresario porque la realidad de inoperatividad empresarial la ha expulsado previamente de resultar empleable.

  

Pero resulta, y es aquí donde emerge el fenómeno subjetivo -que es en sí parte de la esencia que lo funda, lo contiene y lo desarrolla- que ese efecto de la contradicción -esa irracionalidad capitalista de emplear- es al mismo tiempo “solución” o al menos paliativo a la contradicción. En efecto: la caída de la Tasa de ganancia contrae la actividad y así el empleo, independientemente de la voluntad del capitalista y del pequeño empresario-satélite, del “autónomo”, etc. El primero realiza su función si es factible la racionalidad de su función (la plusvalía), y los segundos son, objetivamente, subsidiarios cuya racionalidad no es “particular”, sino enmarcada en la racionalidad del capitalista, así que pierden “su” función cuando el capitalista deja de ejercer la suya y, así, deja de tener que disponer de esas “otras”. Pero esa misma contracción del empleo que se produce necesariamente, es, de hecho, un factor para el re-alce de la Tasa de plusvalía por significar una disminución de costes en Capital Variable, por presionar los salarios a la baja y por intensificar el trabajo que se sucede bajo el chantaje del despido y el re-emplazo. De este modo, la necesidad imponiéndose sobre el capitalista cae en sus manos como una virtud; como una condición para la superación de las condiciones objetivas que han derivado en el desempleo. Por eso sintoniza activamente con esa Ley, y la ejecuta, ejerciendo así su única libertad real (la acción para el cumplimiento de las leyes objetivas que él necesita como burgués, al haber asumido en la consciencia esa necesidad suya). Así, hasta cierto punto y siempre a la baja en proporción al Capital Constante incorporado en cada ciclo de Acumulación ampliada de Capital, el desempleo es condición permisiva del empleo capitalista.

   Nos dicen los progres de todo color y lenguaje, los políticos, los sindicalistas, los científicos, los “expertos”, los tecnólogos..., que “no hay trabajo” porque las máquinas han desplazado “al ser humano” y “sobran trabajadores”. Pero, si vamos al cine, a comprar al supermercado, a la caja de ahorros..., encontramos siete máquinas inactivas por cada una en activo; máquinas que, según esa presunta “lógica” progre pseudo-explicativa de “la eficiencia y la eficacia en la función laboral”, deberían estar funcionando, y para su funcionamiento necesitarían a muchos trabajadores hoy en desempleo. ¿Respecto de qué sobramos en realidad?. ¿Respecto de las actividades laborales y de las funciones mismas, cuya ejecución no nos necesita por mejor apoyarse en las máquinas?. ¿Sobramos porque carecemos de valor de uso genérico para realizar unas y otras “tareas” en abstracto?. ¿Es cumplir una función laboral el verdadero valor de uso de la Fuerza de Trabajo en el capitalismo?. ¡No!: nuestro auténtico valor de uso se cifra en ser Capital, y, en concreto, Capital Variable, esto es, Capital que, además de incorporar su propio valor al producto, incorpora plusvalía. Por tanto, los proletarios no sobramos porque las máquinas hicieran ocupación de un espacio antes reservado a ejercitar nuestro valor de uso genérico como productores. Jamás nuestro valor de uso genérico productivo se expresa en el trabajo; el trabajo, al contrario, lo niega, reduciendo nuestro valor de uso a ser meros útiles: para el capitalista, produciendo, gestionando o comercializando plusvalía, y útiles para nosotros mismos en tanto que objeto; que cosa reproductora de su propia subsistencia.

  

Los proletarios sobramos porque faltamos. He aquí la tenebrosa paradoja; la concentración de la irracionalidad capitalista. Absurdo y, sin embargo, verdad. En otras palabras: sobra Capital Constante en los procesos laborales y, faltando proporcionalmente Fuerza de Trabajo, el empresario se niega a acrecentar su Capital, que ya está sobredimensionado respecto de la proporción de Fuerza de Trabajo en relación al Capital total. Es la escasez relativa de Fuerza de Trabajo respecto del Capital total empleado, y no su sobre-abundancia, aquello que resta rentabilidad capitalista al trabajo, lo que lleva al empresario a suprimir salarios. Esto explica que en marcos territoriales destino de la expulsión de capitales, donde la tecnología desplegada es punta y la sofisticada maquinización procura altos índices de productividad (China, sudeste asiático, Indonesia, Filipinas...), resulta que la política empresarial, lejos de encaminarse a los despidos y al ahorro de Fuerza de Trabajo “porque ya esté para eso la tecnología”, se encamina a capturar toda la Fuerza de Trabajo posible e incrementar así la masa de plusvalía. Tal proceso no significa en sí inexistencia de desempleo, pues el ritmo de proletarización poblacional acostumbra a superar al ritmo de despliegue de capitales. Pero este dato no rebate la racionalidad del doble proceso: por un lado, el empresario busca incrementar la Tasa de plusvalía limitando la inversión en Capital Variable (desempleo), recurso al que acude llevado por una situación en que la Tasa de ganancia es empujada al descenso debido a la proporción “en defecto” o “en falta” de Fuerza de Trabajo respecto del Capital Constante, que no añade al producto más valor que el suyo propio. Por otro lado, esa desinversión en Fuerza de Trabajo convierte en problema la obtención de masa de plusvalía, pues faltan proletarios en uso, y el empresario se pone a buscar la producción de masa de plusvalía allí donde su soñada “cooperación el hombre y la máquina” pueda ser reunida “en equilibrio”, es decir, a una Tasa de ganancia que le permita la re-inversión y el acrecentamiento de su Capital.

  

   Idealización dogmática del proletariado o análisis concreto de la realidad concreta en el proletariado. “Aristocracia” obrera y pequeña burguesía

  

Hablar de proletariado “genérico” me parece dogmático; se aleja del “análisis concreto de la realidad concreta”. Hay una mayoría proletaria en contradicción de campo de clase con una minoría proletaria, aunque substancial, que disfruta materialmente de su dependencia respecto de una economía dependiente de su trabajo de gestión estatal y empresarial imperialistas. Caminar por las calles de determinados barrios de cualquier ciudad, por ejemplo, española, y no darse cuenta de que el meollo de esta cuestión no es la ideología, sino las condiciones materiales de existencia de estas capas...: ¡eso sí es ideología cegando la mirada y, más profundamente, cegando el análisis de fuerzas en las relaciones entre las clases y en la lucha de clases!.

  

Hay cierto proletariado con quien el comunismo no va a poder contar nunca, y con quien va a tener que contar nada más que para combatir contra él porque éste no va a quedarse indeciso o inactivo en circunstancias de desarrollo de la lucha de clases. Insisto: no se trata de una cuestión de falsa conciencia, sino de consciencia verdadera o, por lo menos, de intuición y de captación cognitiva vulgar, sensible, por parte de esos proletarios respecto de que ellos son quienes son gracias a que, aquí y en otras tierras, otros proletarios somos quienes somos y a que otros ni siquiera continúan siendo. Por eso suspiran sentimentalmente por la paz y el cese del hambre pero, en cuanto los parias de la Tierra rompen la paz porque no pueden continuar sufriendo hambre, suspiran a la democracia para que ésta, vestida de azul, de ONG, de banco de pobres o de legionario con la cabra a cuestas, haga algo por que “vuelva la paz”..., de los muertos.

  

Y, a pesar de lo afirmado, en el fondo la valoración que esos proletarios hacen respecto de la verdad contenida en su Bienestar y en su jauja democrática, sí es una cuestión de ideología: porque no es mecánico ni “Propiedad del Ser Humano” abstracto el hecho de mantener una valoración elevada de esas condiciones materiales de existencia verdaderas. Los valores que subyacen a esa valoración de satisfacción, a ese apego, a ese conservadurismo, a esa complacencia y esa gratitud, a ese servilismo, no emergen intrínsecos a un Homo economicus a-histórico cuyas necesidades, expectativas y horizontes son colmados por ese “buen funcionamiento” y esa “buena adaptación”, por lo demás relativas, a la vida ideal tal y como ha sido concebida por la burguesía.

  

¡Todo lo contrario!: esos ideales de existencia, en su misma consumación y tanto más cuanto más cercana esté esa realización de su “perfección”, niegan radicalmente la libertad de los seres humanos que está en la base de todas la demás libertades posibles: poder realizar su necesidad de donarse socialmente con unas prácticas de producción dotadas de dirección consciente, al tiempo que así se afirman como objetivación producida por su propia historia productiva y con esa afirmación se auto-trascienden en la medida en que transformar la tecnología, las técnicas productivas, la organización de la producción y las prácticas productivas mismas, comporta su transformación biológica, ética, epistémica y cultural.

  

Aquellos ideales burgueses cumplidos son, para decirlo con palabras de Montesquieu, “comodidad del esclavo”. Ha faltado en la historia, de ese modo, la presencia y acción comunistas difundiendo un horizonte comunista que sacuda a esas capas proletarias y les despierte el malestar con su Bienestar, correlativamente a mostrarles la contradicción que encarnan entre, de un lado, lo que ahora son y lo que ahora “viven” y, del otro lado, las cualidades del ser que ya existe en ellos porque es un momento más de la historia auto-productiva del ser genérico comunista que, con su actividad productiva consciente y técnica, produjo también inconscientemente las Relaciones de Producción en que se perdió a sí mismo, pero que por este mismo proceso de la historia ha producido también las condiciones objetivas que lo habilitan para re-encontrarse como ser genérico comunista no ya en la antigua comunidad limitada, sino en tanto que especie. Los comunistas no podemos ponernos a competir con la ideología dominante, porque ese es el “juego” de la burguesía mientras perdure su sociedad y ésta lo tiene ganado de antemano. Así que reduciremos la ideología de la “Aristocracia” obrera y de otras capas del proletariado una vez hallamos vencido el tinglado político al que tanto se apegan, y al fin podamos “demostrar el movimiento andando” con el despliegue de otras relaciones, otras ideas y otra vida objetiva.

     

   Lo mismo sucede con la pequeña burguesía: es dogmático hablar de ella en términos genéricos. Es una clase no sólo heterogénea, sino compuesta por capas que ocupan campos de clase antagónicos debido a las condiciones materiales de existencia respectivas, y que, correlativamente, desarrollan en sí o tienden a respaldar posiciones políticas que reflejan tanto como despliegan ese antagonismo objetivo. El proletariado comparte objetivamente con algunas capas de la pequeña burguesía, y está predispuesto a compartir con ellas a nivel político, aquellas mismas condiciones y aquellos mismos fines -determinados por la incompatibilidad entre persistencia del capitalismo y necesidad de subsistir mediante la actividad económica de clase-, que lo separan y enfrentan con ciertas capas proletarias o nominalmente “asalariadas”.

  

El hecho de que esta separación y contraposición en el seno del proletariado se haga consciente para la mayoría del proletariado, no es un error; es un acto necesario. Pues ella no es fundamentalmente el producto de una táctica maquiavélica de la separación orquestada por la burguesía mediante incentivos, suministro de ideología, fragmentación de las funciones y posiciones laborales en las empresas... -trampa en la que fuera preciso no caer. Es el reflejo de la producción, a partir del desarrollo del Modo de Producción, del ser social de unas capas cuya unidad de intereses y de condiciones de conservación se traza con la burguesía como consecuencia de la división del trabajo, como consecuencia del “juego” desigual con los salarios que el desarrollo de la plusvalía relativa ha permitido históricamente en el sentido de aumentar una porción de los salarios por encima del valor de la FT mientras otra porción queda por debajo del valor de la FT, como consecuencia de la proliferación de una masa cuantiosa de trabajadores asalariados que no son proletarios, pues no forman parte de la clase caracterizada, parafraseando a Marx, no sólo por el trabajo asalariado, sino también por la participación directa o indirecta en uno u otro proceso de trabajo colectivo productor de plusvalía.

  

Esta contradicción no es, por tanto, mera ilusión o manipulación divisionistas; obedece a la determinación consciente de defensa de intereses específicos y de sus nexos de unión con los intereses generales del Capital monopolista -defensa sindical, gubernamental, policial y militar hasta sus últimas consecuencias- por parte de esas capas concretas, independientemente de la voluntad de todos aquellos idealistas que toman la contraposición descrita como si fuera una “artimaña ideológica” a romper con aclamaciones a “la unidad del proletariado”, cuando ese “proletariado” no está más que en la mente de quien homogeneiza el proletariado real con la “Aristocracia” obrera o, peor aún, de quien parte en sus llamamientos y en sus análisis de integrar en un conjunto de pseudo-clase -en realidad, policlasista- a todos los asalariados o a todos los trabajadores.

 

   Afirmar que la pequeña burguesía se hunde en la ruina o al menos en la carencia mientras la ley capitalista de la competencia le cava la fosa es no ser dialéctico; es partir la cuestión por la mitad, lo que lleva a incomprenderla en su totalidad. En España, donde cada mes se cierran miles de pequeñas empresas y muchas más continúan con el agua subiéndoles hasta el cuello, debemos atender también a la otra cara de la moneda. En medio del totalitario darwinismo social en que el capitalismo convierte a la existencia de los sujetos y a las relaciones económicas en que estos se insertan, la adaptación selectiva es la contra-parte de que numerosos negocios pequeñoburgueses no hayan podido adaptarse a la dependencia a que les condena el Capital (atadura al crédito, beneficio comercial subsidiario de cuál pueda venir siendo el total de plusvalía producido por las empresas que venden sus mercancías a estos vendedores, fiscalidad del Estado capitalista, sujeción burocrática, regulaciones y controles sobre el negocio). Más que calibrar la situación, las perspectivas y la susceptibilidad de tomas de posición y de entablamiento de alianzas por la pequeña burguesía, ateniéndonos a la que queda en la ruina (a la que, en definitiva, es irreal; ya no existe), o a la que pende de un hilo, dirijamos la mirada hacia la que queda, sea ésta “de rancio abolengo” o la chic, sofisticada, ultra-moderna y “de diseño” pequeña burguesía proveniente de familias inversionistas, propietarias de tierras, propietarias de acciones, de negocios o “aristocracia” obrera que, en un momento dado e impulsadas por la incertidumbre del salario, han abierto una empresa para sus hijos.

   A esta pequeña burguesía no le comporta contradicción alguna el cierre o la pobreza de la pequeña burguesía “cutre”, de la que ha estado falta de Capital para “actualizarse”. Aquí funciona al revés el dicho catalán: “Quan menys serem, més riurem”, calcula el pequeñoburgués. Las manifestaciones fenoménicas de la ley capitalista de la competencia se duplican al nivel de la pequeña burguesía. A menos negocios, mayor cuota de mercado potencial para unos u otros. Por su parte, la ley del valor “estipula” de facto cuál pueda ser el beneficio comercial del pequeñoburgués: el capitalista “productor” de mercancías tiene que ser competitivo por lo que a él respecta; no dirigirá sus ventas, pues, a aquellos comerciantes que, por estar en problemas de negocio, se vean forzados a encarecer por su cuenta dichas mercancías. Se dirigirá, por el contrario, a quienes no vayan a aumentar “artificialmente” el ingreso comercial por encima del valor del producto. Sólo así, sobre la base de precios que incluso llegan a ser determinados por el industrial y grabados en la etiqueta o en el envase, sus mercancías podrán venderse al consumidor final. Esta pequeña burguesía exitosa, que prevalece y abre ampliaciones de negocio en los locales donde otros cierran, es en una elevada proporción burguesía hereditaria, que ha ido acumulando capital desde hace siglos y se lo ha ido transfiriendo intergeneracionalmente, de modo que ha podido emplear parte del mismo en actualización, ampliación, inversión en Bolsa, adquisición de espacios e inmuebles que pone a arrendar... Aquí la sangre lleva Capital y propiedades, que transporta a lo largo de la línea familiar. Los banqueros les conocen bien: el fondo familiar a plazo fijo a ido aumentando a lo largo de los años o incluso a lo largo de siglos, así que, para clientes tan especiales, que aportan tan preciada materia prima dineraria al negocio financiero, hay buen trato. Si este pequeñoburgués necesita liquidez, para él sí hay préstamo y en condiciones reservadas a clientes nada advenedizos.

  

Paseemos por Barcelona y percibamos algo de lo que muestra esta pequeña burguesía, vieja o “de nueva oportunidad”: austera consigo misma, pero ampulosa, lujosa y suntuosa con el negocio (la competencia insta); especializada cada vez más en mercancías dirigidas a un mercado “selecto”, y no al mercado en general (ya tomado por las grandes superficies). Por lo demás, lo de siempre: individualista y reacia a todo movimiento de conjunción humana por un proyecto o una lucha, miope (no ve más allá de la caja registradora y de las paredes del negocio), nihilista ante la especie humana y temerosa del “homo homini lupus” cuya sombra de atraco contempla con los ojos de la prensa, egoísta, creyente en “la sociedad de las oportunidades” y despreocupada de la miseria proletaria cuando no culpabilizadora a partir de razonamientos morales en clave de libre albedrío y de responsabilidad, preocupada por que la miseria no venga a asaltar su fortín y “arda Roma con Santiago” mientras los políticos cumplan su deber social de garantizar su seguridad, etc.

  

Sostener que la pequeña burguesía en tanto que tal es objeto de opresión jurídica y tributaria por el Estado capitalista, a la vez que objeto de opresión de facto, económica, por un capitalismo mal-funcionante en la actividad acumulativa que le es propia y que sin remisión arrastra tras su crisis a la pequeña burguesía, porque al Capital está ligada..., cierto. Inferir, de esta opresión, que la pequeña burguesía no la resuelve en su seno y que, así pues, es una opresión que la inviabiliza como clase bajo el capitalismo...: grave error. La resuelve en su seno por la ley de la competencia que, sobre la base de arruinar a unos y desbancar a otros, provoca el proceso tendencial de que una fracción cada vez mayor de la pequeña burguesía realmente existente, sea una pequeña burguesía que cada vez disfruta y dispone, más cómodamente y con mayor integración, de porciones de la plusvalía total que va desgranándose a través de distintos “estadios de paso” entre su producción por la industria y la compra de las mercancías cuyo valor la contiene. El desarrollo del Modo de Producción capitalista va dejando, pues, cada vez más fuera de cualquier sentido hablar de una alianza con la pequeña burguesía, que pertenecería “al pueblo” y estaría objetivamente alineada con la perspectiva del socialismo: allí donde esa premisa pudiera haber valida, ya no existe, o va dejando de existir, objeto real de la premisa, pues esa pequeña burguesía pasa al proletariado, de modo que no hay que hablar ya de alianzas ni de “pueblo”. Y, por razones opuestas, tampoco cabe hablar de alianzas allí donde la pequeña burguesía prospera y se liga cada día más subjetiva y beneficiariamente al Capital que “distribuye” hacia ella su plusvalía y del que, interdependientemente, ella es su fiel mercachifle.

 

   Lanzamiento de consignas, proposición de deseos y llamamientos a la “unidad proletaria” aparte, no es cierto que la realidad evolutiva del capitalismo tienda a homogeneizar materialmente al proletariado, de modo que el sujeto revolucionario pueda plantearse en términos de “proletariado integral”. El sujeto revolucionario es el proletariado en su conjunto, pero ello en el sentido concreto de que su interés histórico pasa sine qua non por la destrucción del capitalismo y por la instauración del socialismo. Parte del proletariado que trabaja en el Estado no puede hacer suya bajo el capitalismo esa condición histórica objetiva; podrá empezar a afirmarla, deviniendo sujeto revolucionario activo, a partir del socialismo y nada más que desde entonces.

  

A costa de deteriorar las condiciones de existencia de la fracción más amplia del proletariado, el Estado puede revertir esa reducción de costes en sustentar las condiciones de ciertos núcleos proletarios también amplios. El hecho de que, ahora, en la cúspide de la crisis, la afectación vía jurídica y de Acuerdo Marco sindical resulte ser una afectación más o menos generalizada (aunque desdoblada siempre en una pluralidad de afectaciones más o menos intensas según capas y sectores), en ningún caso significa la perpetuación general de los nuevos status quo diseñados y desplegados. La alteración de condiciones entra dentro de la racionalidad capitalista de “superar” -he subrayado que siempre transitoriamente- la crisis, punto de inflexión que marcará, bien una perpetuación  y deterioro, agravamiento, imparable de las condiciones de existencia, bien -complementariamente- cierta restitución o incluso mejoría neta para otros núcleos del proletariado cada vez más reducidos en proporción al total de proletarios, pero no necesariamente cada vez más reducidos en los números absolutos de su propia composición. No hay que cegarnos ante esa dualidad del proletariado, solamente porque a algunos pudiera romperles los “esquemas”. ¿Que no pocas estancias y dimensiones del Estado se erosionan, precarizan y desatienden presupuestariamente?: es cierto. Pero también lo es que, característicamente anexo al periodo de descomposición, otras funciones de la maquinaria totalitaria que la democracia es, son nutridas, hipertrofiadas, complejizadas, desarrolladas, modernizadas, inauguradas... Algunas tienen que ver de lleno con la ideología: el “control de calidad” sobre la cultura y sobre la lengua desde la actuación nacionalista; la gestión, promoción e impulso del espectáculo del ocio y de la industria editorial; etc. Otras guardan relación con la concentración en el Estado del impulso a la investigación científica y del I + D (Plan Boloña, Plan Universidad-Empresa, CSIC, etc.) frente a la insuficiencia del Capital directamente empresarial a la hora de amortizar el desarrollo de las FF.PP. Otras giran entorno a la intervención y la reforma dicha abstractamente “social”. Otras giran en torno a la ampliación y diversificación formal de la fiscalidad. Otras giran en torno a la gestión e “integración” funcional de los flujos migratorios. Podrían añadirse por lo menos otros tantos frentes de despliegue de la acción estatal capitalista, donde, desde luego, hay terreno para emplear y para emplear “bien” a proletarios, “profesionales” o no, “especializados” o no, que son y seguirán siendo incubados, engendrados y caldeados por y en las entrañas del gigante que es el capitalismo de Estado democrático.

  

Marx demostró científicamente la necesidad de depauperación en un doble sentido: proletarización de las masas humanas trabajadoras y pequeño-propietarias, en obediencia a la ley de la competencia, a la ley de concentración de capitales y a la necesidad capitalista de aumentar y seguir aumentando la masa de plusvalía. Y, en su segundo sentido: brutal depauperación relativa del proletariado, es decir, con arreglo a la proporción entre salarios y plusvalía obtenida. Más tarde, Lenin demostraría que ello es así no solamente en términos relativos, sino también en términos absolutos considerando el fenómeno a escala internacional, mientras, a escala nacional de las potencias cúspide o medias en la cadena imperialista, ese derrotero se confirma pero sujeto a un fundamental “matiz” de consideración: depauperación proletaria dentro de las fronteras e integración material de una minoría no solamente coexisten, sino que son premisas recíprocas.

 

   La ciencia comunista: ¿ilustrar con datos la fenomenología del capitalismo en curso e interpretarlo?, ¿o ilustrar la necesidad proletaria de resolver con la revolución la contradictoriedad inherente a ese curso?

  

La segunda es la epistemología que distingue al comunismo, siendo que el desarrollo de las Leyes productivas capitalistas choca con la función del Capital y la impide, y siendo, el proletariado y su creciente imposibilidad de existencia integrada capitalista, la traducción social de una y otra “solución” capitalista a esa contradictoriedad.

   Describir un panorama y apuntar su curso previsible, apoyando todo ello con datos y prospectivas, ayuda a difundir consciencia respecto de la “realidad” fenoménica, es decir, respecto de las manifestaciones inextricables de la realidad general que se concreta precisamente como manifestaciones. Hay que señalar, de todos modos, que el proletariado se da generalmente cuenta de todo esto sin necesidad de que otros proletarios o los comunistas vengamos a precisarlo con cifras. Los comunistas, contra el positivismo y otras escuelas posteriores científicas burguesas como el funcionalismo y el estructural-funcionalismo, no tomamos por objeto de conocimiento las cosas y su transcurso, limitándonos a retratar cómo son, a explicar por qué lo son y a pronosticar su transformación por su desenvoltura o por impacto de variables terceras. Los comunistas, al partir del Principio epistemológico de la contradictoriedad del curso de la realidad (materialismo dialéctico) y al aplicar este principio al estudio de la sucesión entre los Modos de Producción y así entre las formaciones sociales (materialismo histórico), sabemos que el desarrollo no va auto-culminándose ad infinitum en expresiones cada vez más “acabadas” o “acentuadas” de sí mismo (tal y como nos relata la literatura distópica burguesa de “futurismo realista”). El desarrollo se auto-crea la necesidad de su propia disolución, y ello debido a su mismo ser, es decir, debido a los principios permanentes que rigen y mueven ese proceso suyo de afirmación y de transformación. De este modo hablamos los comunistas de la necesidad de transformar el mundo en lugar de interpretarlo; no en el sentido anarquista de llamada a un sujeto que irrumpa para cambiar la realidad sin más base real previa ni “externa” que el rechazo de interés, por sensibilidad o moral, a las condiciones existentes. Y, sí, por el contrario, en el sentido de la acción de una clase que, dada la posición que ocupa en las Relaciones de Producción capitalistas, necesita y puede dar salida práctica en la historia a la realidad latente que el capitalismo ha producido consigo -la producción social- al tiempo que este Modo de Producción bloquea la consumación de esa realidad. Esa salida solamente puede llegar desde la racionalidad que presupone negar la propiedad privada capitalista sin regresar a la pre-capitalista: la dirección y conjunción de las Fuerzas Productivas por la especie y para la especie. “El comunismo no es un ideal. Llamamos comunismo al movimiento real que suprime las relaciones sociales existentes” (Marx).

  

Por tanto, el punto fuerte de un comunicado hecho desde el espíritu y el propósito comunistas reside, en lugar de narrar unas condiciones reales existentes y su presunta evolución autónoma, en presentar ordenadamente tales indicadores descriptivos para que cobren su rostro radical: indican incompatibilidad entre la posibilidad del capitalismo y la posibilidad de subsistir, para una proporción expansiva del proletariado, bajo los dictámenes mismos de sus necesidades proletarias. Estas necesidades del proletariado como proletariado en el capitalismo son ineludibles para sí mismo y para la Reproducción Social capitalista, y, contradictoriamente, devienen irresolubles dentro del propio marco capitalista. Y, contradictoriamente, el capitalismo es imposible sin esa continua captura de condiciones sociales de subsistencia (hoy, en los Estados Unidos, por cada dólar adicional que se pretenda obtener en la Tasa de ganancia, es preciso invertir cuatro dólares en ampliar el Capital, de modo que el Capital mismo abandona su actividad de acumulación y pasa a perseguir ampliarse en la bolsa, es decir, a costa de las pérdidas de capitalistas terceros).

  

¿Quien está llamado a ser el sujeto revolucionario, lo quiera o no, consciente o inconsciente de la magnitud y el alcance de la transformación incluso cuando esté en pleno protagonismo de la misma?. No puede ser “la humanidad”, o “el individuo”, o la categoría interclasista de “los trabajadores”, sino una clase que tiene que hacer la revolución, porque con ella “no tiene nada que perder más que sus cadenas”, es decir, que contribuye directa o indirectamente a la creación de plusvalía a costa de sí mismo, siendo la riqueza alienada (el Capital) inextricablemente su propia miseria. Ello contra otros muchos trabajadores que no solamente no contribuyen a la producción de plusvalía, sino que se benefician de la explotación ajena por medio de la distribución estatal y empresarial de la ganancia, en la que tienen cabida recibiendo un valor salarial que no producen ellos, y eso cuando esos trabajadores producen valor alguno (normalmente administran el aparato de explotación y de distribución de la ganancia).

  

 Pero no solamente lo dicho. Además de necesitar la revolución por su posición en las Relaciones de Producción, el sujeto revolucionario necesita poder hacerla, ello contra el lumpenproletariado, contra ciertos sectores relativa o netamente pobres de la pequeña burguesía en tendencia a la proletarización -artesanal y de taller, más que mercantil-, e incluso contra pequeños empresarios de producción capitalista o no capitalista que sobreviven con un pie en la ruina ahogados por la competencia del Capital monopolista. Estas capas y clases, o elementos de las mismas, pueden convertirse en revolucionarias secundando al proletariado, pero no entrañan potencia de ser sujeto revolucionario. ¿Por qué sí puede el proletariado hacer la revolución?. Exactamente por la misma razón que le lleva a tener que hacerla: su posición en las Relaciones de Producción capitalistas. Aunque hubo alguien que pretendió hacer “la Filosofía de la miseria”, la miseria no da razones. Otras clases o capas subalternas, o segmentos amplios de las mismas, pueden o pudieran sufrir mayor miseria y peor existencia que el proletariado, o al menos ser semejantes a él en esto. Pero no están en posición económica objetiva de destruir la propiedad privada capitalista y, correlativamente, no pueden desarrollar la perspectiva subjetiva comunista. Tampoco puede desarrollarla la generalidad del proletariado bajo el capitalismo, pero, en cualquier caso, se ve necesitado de la revolución y puede hacerla. Realizará esta potencia suya si los comunistas la dirigimos hacia hacerse acto, en lugar de perderse tras la ideología de otras clases y capas subalternas también participantes en hacerse con la hegemonía en la lucha de ideas (“Aristocracia” obrera, pequeña burguesía, Capital  pequeño y medio). La potencia revolucionaria distingue al proletariado como clase de aquellas otras que no tienen por qué y/o no pueden hacerla y en consecuencia no pueden tomarla en mente (pues “la humanidad sólo se plantea las tareas que puede realizar”, Marx).