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DIALÉCTICA ENTRE LOS MOVIMIENTOS DE RESISTENCIA AL IMPERIALISMO, Y EL MOVIMIENTO HISTÓRICO HACIA EL COMUNISMO

 

Una colaboración especial del Sociólogo y Antropólogo Social: TAMER SARKIS FERNÁNDEZ.

   LA ESPECIALIDAD DE LA SOCIALDEMOCRACIA COMO FUERZA IMPERIALISTA Y SU DENUNCIA POR LENIN

A principios del siglo XX, la socialdemocracia occidental operaba convertida desde hacía décadas en quinta-columnista del Estado burgués sobre el terreno proletario en todos los frentes: ideológico; de encuadramiento chovinista e ilusionista en el marco nacional; participando de la planificación económica; negociando parte del pastel ganancial y presupuestario, así como las condiciones integradoras del proletariado; demoliendo las entidades económicas, pedagógicas, propagandísticas y mutualistas de clase, y acometiendo su falsificación institucional para adoptar a la vez parte de su gestión... Era una socialdemocracia que, como no podía ser menos, se convertía en actor privilegiado para cohesionar, en torno a la necesidad burguesa de administración imperialista de territorios y de poblaciones, a quienes no ganaban con ello más que a lo sumo acolchamiento de sus barrotes en lugar de ganar un mundo. Pero esta ofensiva encargada a la socialdemocracia por la lógica de la división del trabajo estatal, no la emprendía ella de forma naive: el revisionismo no podía expresar su labor de encuadramiento obrero invocando a un destino nacional metafísico especial, ni a las virtudes civilizatorias del sable, ni a unas estelas mágicas de armonía social que sólo podían aparentar brillo regadas de la sangre y del sudor de otros parias de la Tierra... La socialdemocracia habló, en cambio, de un Estado en vías de construcción gracias al peso específico socialdemócrata y a un proletariado que la fuera obediente, con el que la opresión de clase iba ya a ser historia. Un Estado “libre”, más allá de las clases o montado sobre una entente policlasista mutuamente favorecedora. Otros no osaban llegar a tanto, y hablaban de un Estado que iría mutando evolutivamente hasta mudar su carácter de clase burgués por el carácter proletario.

   Pero unos y otros -lassalleanos, guesdistas, bernsteinianos, etc.- coincidían en dar, a esa Providencia que estaba saliendo desde el Estado, propiedades de universalidad. Nada de nacionalismos en última instancia: hasta la irradiación final del socialismo a todo el Planeta, la socialdemocracia vehiculaba al menos la democracia, la prosperidad, la “historia”, el desarrollo y distribución de Fuerzas Productivas para sacar a esas pobres gentes de su inoperancia sobre las tierras -lo que constituye una inversión ideológica exacta de la condición colonial, parálisis de desarrollo productivo y mercantil sobre la diversidad de recursos y potencialidades propios. Quienes recibían a esta empresa social, desde esos territorios elevados por la acción de tal “solidaridad internacionalista”, eran -se opusieran o no a la empresa- salvajes, gentes presas en la oscuridad de sus tradiciones y de sus gurús. Quien se oponía a ella en los países de la cadena imperialista, era un reaccionario, un eslavófilo, un nihilista, un egoísta, un social-traidor a la Patria progresista y a la humanidad, y un nacionalista. ¿No sería acaso, este individuo, grupo, tendencia o partido, un “divisionista” adverso a la unificación de territorios y de economías bajo una entidad estatal de tendencia universal, hegelianamente benefactora gracias a la conquista socialdemócrata de posiciones institucionales, parlamentarias y administrativas, y encarrilada a ser al fin socialista algún día, tras un camino de paz y de colaboración con el liberalismo progresista y demócrata?.

   Rematando la jugada, llegaba Kautsky con su teoría del “super-imperialismo”, según la que la concentración de Capitales conducía tendencialmente nada menos que a la superación de la competencia, y así a la kantiana Paz Universal que ya la burguesía dieciochesca había presentado por fruto inextricable del despliegue de su orden.

   Entregaba a la socialdemocracia a falsificar a Marx, el imperialismo, del modo esbozado en que la especializaba a ella en la misión de hacerse tragar ante el proletariado. Esto es: como misión internacionalista contra la barbarie, por el futuro, y contra el influjo nefasto, sobre territorios y pueblos débiles, por parte de los máximos rivales de turno en la cadena imperialista: el bárbaro germano para la gala “Patria de la Libertad”; los totalitarios “hijos de Napoleón” para Alemania e Inglaterra; los hunos húngaros para Occidente y las hordas asiáticas rusas para Alemania; los bárbaros enemigos de los herederos de la obra civilizatoria de Roma para la patria de los Zares, equivalente ruso para “Césares”; etc. Recordemos, en este sentido, la frase de Marx según la que los países de capitalismo desarrollado no hacían más que mostrar, como en un espejo, a los países atrasados la imagen de su propio futuro. El carácter de pura pretensión científica histórica –de juicio de hecho- inscrito a esta frase, quedaba tergiversado en juicio de valor progresista, mediante el que se pretendía evocar una supuesta “propiedad anti-histórica” de las luchas de las colonias, mientras se subrayaba la diferencia cualitativa entre ser ocupado con carácter “progresivo” o serlo para el avasallamiento y la esclavitud “reaccionarios” por Rusia, por Japón, por Austria-Hungría, por España o por Alemania. Según esta ideología, Marx había poco menos que aplaudido la expansión colonial al ver en ella un motor de proletarización de las clases y capas oprimidas y, a la vez, un motor de desarrollo capitalista fabril y agrario al compás de la activación y rendimiento de la propiedad de una burguesía autóctona en despegue y en despliegue bajo la sombra de la Metrópoli y en cooperación con ésta. Pero, al contrario, Marx había siempre hecho un análisis del proceso productivo del proletariado revolucionario internacional, que pasaba por la defensa de Vanguardia de las luchas de las colonias (y él mismo y Engels se habían implicado en la lucha de irlandeses, de polacos, de indios, etc.). No en vano, el despegue de las FF.PP. –empezando por la prosperidad de una burguesía autóctona- quedaba fulminado por la imposición colonial de unas funciones concretas en la división internacional del trabajo capitalista. Y todo ello para beneficio autóctono de un grupo reducido de propietarios cuya aseguración colonial en las estructuras económicas pre-capitalistas, en la burocracia y en el ejército, era dada a cambio de la transferencia colonial de plusproducto y del despliegue colonial de Unidades de producción para la obtención y alienación de plustrabajo. También se beneficiaban, estas viejas clases dominantes, de su gestión y control de esas Unidades de producción, a golpe de látigo y con la amenaza del fusil traído por las potencias que, a esa Fuerza Productiva, sí la cedían.

   La producción capitalista no ha hecho otra cosa desde entonces que fragmentar sus procesos productivos y diseminarlos por todo el Planeta a la par que la producción de Capital fijo solamente se rentabiliza transitoriamente –y amortigua en lo inmediato la dinámica de su sobreproducción- diverficándose sucesivamente y aplicándose a más y más procesos de nueva creación en el seno de una misma cadena productiva, a medida que las Unidades de producción y los procesos productivos existentes van sucesivamente saturándose de Capital fijo hacia el punto de inflexión de rentabilidad marginal introductiva negativa. Pero las burguesías que se han consolidado sobre la base de su co-propiedad –cobro de interés sobre ganancias- y de su propiedad real –también jurídica o no- bien sobre procesos de Acumulación de Capital en sus naciones, bien sobre las ganancias de esos monopolios foráneos –en base a participación accionarial, participación de inversión o participación a cambio de facilidades geo-políticas-, son burguesías determinadas a no librarse del hecho de que su “Letra de cambio” con la que conseguir participaciones de propiedad real industrial –fabril o agrícola-, continúa siendo un sector extractivo sujeto a la Ley capitalista competencial de los intercambios desiguales, y un sector agrícola sujeto, además de a esa Ley, a la Ley de los rendimientos decrecientes de la tierra intrínseca al Modo de Producción capitalista. Y dicha determinación pesa también sobre esas burguesías en lo que se refiere a la consecución de transferencias de tecnología para la apropiación y la producción de Capital fijo propio con que hacer de sí mismas burguesías monopolistas “independientes” (lo que se reduce a independencia para entrar en frentes mercantiles de competencia y para establecer alianzas competenciales).

   Es en esa nauseabunda inversión de la realidad montada por la socialdemocracia, según la que los gigantescos arranca-carnes del Planeta eran “fuerzas de Progreso” o, en todo caso, fatales constructores de la historia frente a quienes los parias de la Tierra ligados a economías pre-capitalistas eran capas refractarias a deshojar por la “Locomotora histórica” y eso significaba que “Tanto monta, monta tanto” o incluso que había que vitorear al colonialismo “civilizado”; es en esa nauseabunda inversión de la realidad según la que, tergiversando a Marx, la socialdemocracia se arrogaba el cometido de erigirse en fuerza directora del proceso desde Parlamentos y gobiernos y así proveerlo con “humanidad” de contenidos; es en esa inversión de la realidad según la que las víctimas aparecían como monigotes cuyas rebeliones se desarrollaban intrínsecamente al servicio y “haciendo el juego” a los proyectos de liberación nacional de sus burguesías incipientes o limitadas, mientras los verdugos aparecían como Angeles guardianes en potencia de la humanidad, a quienes pedir -o de quienes exigir- sabiduría y justicia en sus procedimientos con el mundo, y ante quienes manifestarse por la paz y por la pacificación de esos procedimientos; es en esa inversión de la realidad según la que habrá, en fin, que acabar manifestándose por la guerra contra esos “otros” (los feudales, los incivilizados, los bárbaros, los reaccionarios, vinieran de Rusia, de China, de Alemania, de la India, de Persia o de Afganistán) que no permiten hacer prosperar en paz al mundo desde los centros de iluminación que habían de ser las naciones de la Libertad, de la democracia y de la Razón, que Lenin alza su voz y la hace llegar por escrito, viniendo a afirmar lo siguiente (y voy a parafrasear; no a citar): La contradicción en la base de la socialdemocracia patriótica, es la posición por la que, en nombre de la no entrega de fuerzas ni el favorecimiento a las burguesías de las naciones oprimidas, se alinea en la práctica con el Imperialismo reaccionario opresor (y cabe añadir: ahora esa socialdemocracia forma parte nuclear del Imperialismo y lo dirige política y militarmente cuando le toca tras las urnas). Lenin estaba definiendo el social-chovinismo. He subrayado el término “reaccionario”, que Lenin emplea en su afirmación, porque resulta clave para comprender la perspectiva de análisis auténticamente marxista que Lenin aplica a esta cuestión y comunica: porque es mentira que el imperialismo significara ni signifique jamás, para esos territorios y poblaciones, el asentamiento, a pesar de su forma traumática y asesina, de bases históricas para la incubación y el alumbramiento de una burguesía en tanto que Fuerza Productiva autónoma, ni el asentamiento de una disposición y explotación de los Factores de Producción locales según una racionalidad de desarrollo productivo mercantil para la acumulación nacional de Capital. Es esa supuesta razón mayor de progresividad, en nombre de la que todo revisionismo acaba justificando en última instancia, y no importa las vueltas ideológicas que dé, el imperialismo de su nación, el argumento implícito que Lenin pulveriza. La infraestructura alumbradora del imperialismo es la concentración de la propiedad real respecto de todas las especies de capitales; la burguesía monopolista no puede hacer otra cosa que emprender campañas por destruir Capital fijo en otras manos y por destruir posibilidades terceras para producir Capital fijo, como condición para exteriorizar el suyo propio que, sin ya aplicación rentable sobre un marco territorial productivo saturado, tiene que ser re-colocado por la fuerza e inserto en la apertura de nuevos procesos de producción. Pero la propiedad real de esos procesos en ningún caso se desplaza y, en todo caso, no cae, más que en cuentagotas y muy subsidiariamente, sino en manos de una ínfima minoría autóctona que, a cambio de su co-participación en los ciclos de Acumulación ampliada de Capital, tiene que disponer los sectores extractivo y agrícola en un acto de entrega o por lo menos de desigualdad de valor en el intercambio; es decir, tiene que entregar a la miseria material a la inmensa mayoría de la población -con los correlatos de ideología patriótico-salvacionistas, exclusivistas de pseudo-solución localista, y religiosas mesiánicas- que son inextricables a ese abismo material. El desarrollo por el imperialismo de unas potencialidades de riqueza y de producción territoriales -que simplemente poner en distribución distinta tras una revolución socialista-, así como el desarrollo por el imperialismo, en un proceso evolutivo, de una fuerza capitalista nacional nutrida y formada para recoger los frutos de la historia y desarrollar la sociedad en términos capitalistas de asistencias, de consumo y de infraestructuras geográficas: dos repugnantes fábulas. La fuerza imperialista de la contradicción es reaccionaria tomada a cualquier nivel, mientras que la fuerza de resistencia originada entre las clases y capas oprimidas, es una fuerza de interposición objetiva frente a la necesidad histórica imperialista por parte del capitalismo -comprendida la necesidad de la burguesía regional o nacional que objetivamente forma parte del imperialismo y que, sabe, no puede dejar de formar parte de éste; otra cuestión es que intente hacer valer sus intereses particulares dentro de esa relación imperialista que también entraña competencia y tira y aflojas en su seno, y que esos intereses los envuelva de ideología en torno a “la soberanía” o “la dignidad nacional”, al tiempo que intenta encauzar para sí la resistencia popular transformándola en un lobby contra las entidades dominantes en esa relación imperialista de común pertenencia.

   Aunque dejáramos al margen la cuestión ética y de solidaridad de especie, a la luz de estas condiciones de hecho, y en razón político-estratégica relativa a nuestra condición de fuerza histórica procuradora de que el capitalismo no alcance respiraderos mientras sigue cavando sin parar su propia sepultura, ni el proletariado ni los comunistas podemos ser “neutrales”, pero tampoco anti-todo en indiferentismo. Si la política es, en una, a la manera burguesa, objetiva definición de Disraeli, “El arte de hacer posible lo necesario”,  los movimientos objetivamente tendentes a interrumpir o por lo menos a obstaculizar la necesaria consumación de la Acumulación ampliada de Capital como imperialismo, deben ser objeto como mínimo de nuestra interesadísima solidaridad e implicación. Porque con ello, y también con la agudización de las tensiones inter-imperialistas que siembran, están contribuyendo a hacer la historia hacia el comunismo, al margen de que, ni en su composición poli-clasista, ni en sus metas subjetivas, ni en sus ideologías, estos movimientos  entronquen conscientemente con “el movimiento real que suprime las condiciones productivas existentes”.

    LOS IMPERATIVOS MORALES ANARQUISTAS, LA OBJETIVIDAD HISTÓRICA DE LAS NACIONES Y LAS EVIDENCIAS DEL EXTREMISMO

   En cuestiones como la de las capas y clases oprimidas en territorios gobernados para la gloria acumulativa capitalista de unas u otras potencias competidoras en la cadena imperialista, y formando parte indesligable de esa  cadena las burguesías “propias” o en cambio emergiendo éstas como un actor imperialista más en relativa independencia, se verifica uno de los significados profundos relativos a eso tan subrayado de que la naturaleza del movimiento comunista y de la revolución del proletariado es una naturaleza política. Sí: política, y no utópica, como la naturaleza del anarquismo, que imagina unos “pueblos del Planeta” o una “Humanidad” sensibles a despertar y a “romper las cadenas” gracias a la difusión de la Idea y en parte también gracias a una especie de milagro espontáneo de iluminación en las conciencias. Los anarquistas, en lugar de partir del ser, y a partir de la contradictoriedad del ser, llegar a la necesidad futura del no ser implicándose en ese trayecto, parten del deseo -de la Razón-, y así les basta con “abordar” la realidad por medio de una máxima de destino: “Ni banderas, ni fronteras”. La máxima determina entonces la acción en la realidad, cuando los materialistas sabemos que es la realidad la que determina la acción correcta -que es una y hay que descubrir por el análisis- para así movernos en el sentido de realizar el contenido de la máxima.  Con sus máximas que confunden la post-revolución con la determinación de la acción, los anarquistas cambian a lo sumo la realidad del corazón del oyente, o de sus neuro-hormonas y de sus emociones. Y, en realidad, poco más se proponen: evangelización, cambio de voluntades, revoluciones individuales que se armonizan en una voluntad colectiva de asociación distinta, ignorando la determinación de clase sobre las necesidades objetivas de acción y sobre las perspectivas subjetivas de acción.

   Pero la propiedad de los comunistas es la dirección consciente hacia el comunismo, del principio de auto-transformación que el mundo entraña en sus relaciones económicas y que afirma indisociablemente a la reproducción de esas relaciones. Nos hallamos todavía en el punto histórico de las naciones: éstas, al margen del arraigo subjetivo de la conciencia clánica o tribal de pertenencia, eran realidades objetivas producto del desarrollo de las Fuerzas Productivas en el marco de Modos de Producción pre-capitalistas. El desarrollo de una división de las prácticas productivas implicativa y unificadora de comunidades antes dispersas, así como el desarrollo de una co-participación en la procuración del sustento y en la cuestión de la distribución, fue un desarrollo que había producido una lengua y unos referentes materiales -unos Factores de Producción- nombrados con esa lengua y compartidos, consumidos, empleados y, al fin, representados, estudiados e ingredientes de unos cultos, de una cultura, etc. Los productores humanizaban la naturaleza - “cuerpo inorgánico de la especie”- en el plano material -con su objetualización de la materia y con su gasto de la misma- pero por ello también en el plano de la representación. Por su parte, el desarrollo de una interdependencia de consumos correlativo al desarrollo de las necesidades sin respuesta por la comunidad física de convivencia inmediata, desarrolló la distribución de producto, sus intercambios, e inseparablemente las infraestructuras de conexión permisivas del proceso. Con ello llega la consciencia de interdependencia, la convivencia de formas culturales y por tanto una trascendencia de identidades por su unificación relativa, la planificación de la defensa común, etc. A lo largo de los siglos, gran cantidad de grupos humanos, independientemente de su sujeción formal a imperios que los esclavizaban, que deportaban a muchos de sus sujetos, que los ligaban a tributación, etc., continuaron profundizando, desarrollando, modificando..., sus superestructuras normativas, punitivas, de consumo y de gasto compartido de producto y de sobre-producto, míticas, de prescripción y proscripción de marcos de procreación y de sus ritmos y ciclos, idiosincrásicas a la luz de su actividad económica compartida y a la luz de los Factores de Producción insertos en su marco de asentamiento o en sus itinerarios de nomadismo. Y no podía ser de otra manera, en tanto que el estadio de desarrollo de las Fuerzas Productivas, así como del sobreproducto encauzado al cambio y no al consumo diferido interno, circunscribía los marcos de relación y daba el perímetro de las fuerzas humanas implicadas conjuntamente en la Reproducción Social. Cuando la burguesía conjugada a las Coronas embarcadas en misiones de conquista que demandaban de financiación y con las que imponerse a sus competidoras, bajo el marco del capitalismo bancario y mercantil, revoluciona realmente la nación, su obra no consiste en un mero artefacto ideológico para el aglutinamiento identitario poblacional y para su movilización militar. La burguesía, como una de las dos fuerzas que incide, en un tira y afloja antagónico con la Nobleza y el clero, sobre las disposiciones de la realeza, y como clase que va imponiéndose paulatinamente en tanto que da a la Corona una perspectiva de complementariedad funcional entre fuerza económica y vértice del poder político, es la clase que opera sobre una población y unos territorios tutelados por la realeza, a fin de coordinarlos y de apuntarlos, en todas sus dimensiones, como factores y piezas en su racionalidad de acumulación de Capital sobre la base del beneficio comercial, de la usura y de la participación en los beneficios procurados por la extracción de riquezas coloniales, por el manejo de población esclavizada y por el tráfico con riquezas y con población. La burguesía impulsó y co-financió la construcción de Factorías Reales a través de las que la Corona acumulaba Capital que re-invertía en colonización, en guerras y en el despliegue de infraestructuras necesarias al comercio, produciendo así, esas Factorías, las bases de su reproducción y de su multiplicación. La burguesía tomó a la población -la regulación, a través de la incursión del Estado sobre las familias, de sus hábitos reproductivos, de su salud e higiene, de su formación y de su economía doméstica- como Fuerza Productiva provisora de las reservas de Estado, y no ya tan solamente a la tierra y a las riquezas orográficas. La burguesía sumó, a la obtención de remesas de oro y de plata con que respaldar el comercio interestatal, a gran escala, de Factores de Producción y de productos, el aumento de la tributación campesina. La burguesía estuvo detrás del desarrollo militar de la Corona y de su hegemonía sobre los poderes locales, a fin conseguir la unificación jurídica territorial y así el libre tráfico mercantil, a la vez que blindaba los Estados contra las importaciones para poder hacerse con un mercado en monopolio. La burguesía dio medios al necesario tránsito de poblaciones, que no podían sobrevivir en unas u otras regiones, y dio respaldo de unificación lingüística a unas relaciones poblacionales e inter-regionales en ampliación, a la vez que forzaba, así, a toda la población a entender sus disposiciones, sus leyes, sus llamamientos y sus ordenanzas. La burguesía unificó la moneda y arrasó la polifonía de las parroquias, reflejo de la necesidad de sujeción lugareña a los intereses de los Señores regionales, para dirigirse a una población a través de una religión de Estado que la bendecía a toda ella por igual y contra los herejes de las naciones rivales, con un Obispo, con un Rey protector de todos sus hijos que debían pues considerarse hermanos entre sí, y con un santo patrón que unificaba en una identidad nacional al imperar sobre las viejas contraposiciones entre santos patrones locales que habían sido durante siglos invocados por uno y otro bando al inicio de la batalla campal. La burguesía, en pocas palabras, no hizo más que poner la vida política y social a una altura a imagen y semejanza de las Fuerzas Productivas existentes y que ella estaba atesorando y desarrollando. Concentrando y catalizando las relaciones económicas en el seno de un territorio, la burguesía organizó una vida material que inevitablemente produjo sus correlatos culturales e idiosincrásicos reales y hasta cierto punto unificados. Las naciones que se habían constituido históricamente sobre la base material de Modos de Producción y de cambio pre-burgueses, fueron subyugadas para ser dispuestas, como poblaciones y como procesos productivos y de cambio, al servicio de la  apropiación y acumulación burguesa de riquezas. Es el caso de Irlanda: los pastores expropiados de sus ganados, los terratenientes expropiados de sus propiedades urbanas y caídos en prohibición expresa de establecerse en las ciudades, y los campesinos puestos a cultivar en terrenos de cultivo unificado y sembrando aquello que la burguesía inglesa dictaminara. Cuando no hay forma de atar las prácticas económicas pre-existentes y los sujetos mismos como Fuerza Productiva, a la acumulación capitalista, la población es exterminada, como hicieron las potencias estatales con las tribus indígenas de Norte América. Ahora, las clases y capas oprimidas -y no sólo proletarias- poblacionales de ciertos territorios intentan resistir contra la acción imperialista -acción no sólo ni necesariamente militar, sino puede que por presión diplomática, por chantaje crediticio o a través de la dictadura recetaria del FMI, por favorecimiento a las burguesías territoriales garantizándoles parte del negocio en “intercambios” y en sustracciones de recursos y de producto-, acción encaminada a sujetar, a esas clases y capas, a la segmentación creciente de los procesos productivos y a la ordenación de su dispersión mundial, a amarrarlas a la industria del monocultivo o de los policultivos, a ocupar militarmente sus territorios para asegurar las transferencias de fuentes de energía, a tomarlas como FT rentable o substancialmente esclava, o, una vez más, a eliminarlas por no ser integrables en un Modo de Producción que sobreproduce proletariado o por planes  supremacistas de cariz teológico mesiánico como ocurre con los palestinos sometidos al Estado del judaísmo. Cuando, ante estas luchas, el extremismo, al que Lenin combatió en la práctica y en su obra teórica, equipara automáticamente la resistencia anti-imperialista con el proyecto -cierto- burgués autóctono -o de burguesías terceras- por manejar a esta resistencia y falsificarla al servicio de sus propias relaciones de fuerza contra otras burguesías, así como al servicio de sus propios proyectos de constitución imperialista cuando los tiene, el extremismo resuelve en coherencia con ese error analítico de base: “Esto son contradicciones interburguesas o interimperialistas, en relación a las cuales los comunistas y el proletariado debemos permanecer fuera y contra cualesquiera fuerzas implicadas”. Este posicionamiento indiferentista característico del extremismo es radicalmente contrarrevolucionario porque entraña en sí la práctica del divisionismo, contribuyente a atar al proletariado a la insensibilidad, a la insolidaridad, a la incomprensión de la estructura política jerárquica internacional del capitalismo y a sus implicaciones sobre la mayoría de la población de la Tierra, y, por ende, a la indecisión, a la confusión y a la desorientación, o al desentendimiento y al relativismo, cuando no a unos prejuicios e incluso a un racismo que culminan en un silencio o, todavía más, en un aplaudimiento chovinista al, siempre asesino por dar miseria o por dar plomo, “hacerse valer diplomático y político de la nación en el mundo, tanto como a la dignidad nacional y a las fuerzas de paz y de la democracia”. El corolario del divisionismo es la separación del proletariado en relación a las fuerzas poblacionales -muchas veces armadas- que el proletariado necesita concertar tras de sí, en su camino al comunismo, ofreciéndoles la única perspectiva real de futuro a la que estas clases y capas pueden agarrarse, y así empujándolas a la claridad que traiga su ruptura con la perspectiva burguesa nacionalista unificadora que intenta abanderarlas (y que en muchos casos lo consigue).

   ¿Cómo puede el extremismo convertir en acusación descalificadora la obviedad de que esas luchas se desarrollan determinadas por una dimensionalidad en principio de liberación territorial frente a unas fuerzas militares o políticas, jurídicas y económicas subyugantes?; es que estamos en el capitalismo, las naciones existen y el imperialismo se cierne contra la inmensa mayoría de la población de ciertas naciones o de grupos nacionales (como el palestino, parte de una nación más amplia). El objeto de la opresión imperialista no es sólo el proletariado de esas naciones, sino la mayor parte de las clases y capas subalternas, de modo que la resistencia no puede ser de composición puramente proletaria y ni siquiera fundamentalmente en ciertos casos, aunque el comunismo debe hegemonizar la perspectiva de la resistencia allí donde las condiciones objetivas lo permitan, desde su participación en la misma. Aunque la burguesía es contradictoriamente oprimida-opresora en tanto que elemento del imperialismo, el polo dominante de la contradicción en que está inmersa es su condición de opresora, ya que contra el gigante nada tiene que hacer en las relaciones mundiales de competencia interburguesa y sin embargo sí prospera cuanto puede y cuanto la dejen en su papel de intendente. La burguesía palestina sirve el paradigma de esto descrito, con su asesina fuerza armada a las órdenes de Israel y su OLP y Autoridad Nacional que ponen orden en el campo -de concentración y cada ciertos meses de exterminio intensivo- de FT ultra-precaria y en condiciones de semi-servidumbre que recluta cada día la burguesía israelí y también la palestina. Con tales servicios, las inversiones y los negocios conjuntos están asegurados, al tiempo que la burguesía palestina goza del monopolio de importaciones y venta de mercancías a los territorios bloqueados, mientras Israel y la Autoridad Nacional persiguen y asesinan a quien intenta sobrevivir y aprovisionarse, y a quienes la Ley de unos y de otros llama ”contrabandistas”. El negocio conjunto urbanístico y “de reconstrucción” es también un buen filón que vale su peso en plomo disparado contra los palestinos presos de su tragedia de clase y nacional.

   ¿Cómo puede el extremismo convertir en acusación descalificadora la obviedad de que esas luchas se desarrollan, duplicadas en el plano de la representación subjetiva de razones y de metas, tras banderas en cuyas inscripciones figuran componentes de identificación, lingüísticos y religiosos más o menos particulares?; es que el desarrollo histórico real de marcos territoriales de relaciones materiales de existencia ha significado, sobre esa base, el desarrollo y el afianzamiento geo-poblacional de superestructuras relacionales objetivas y de valores y concepciones subjetivas. No obstante, cuando el imperialismo desmiembra las agregaciones poblacionales imposibilitando sus prácticas de solidaridad material, y rompe también por ello con el ejercicio de sus modos gentilicios de punición y de resolución de conflictos, prohíbe el uso o destruye los lugares sagrados de esos grupos humanos, los desposee de sus tierras, derruye sus pueblos y pasa los bulldozers sobre las ruinas para que ni escombros queden y en unas generaciones sea olvidada la prueba material de su pre-asentamiento y de su pre-existencia, expulsa a estos grupos humanos o los encierra en campos para su puesta en reserva y su empleo laboral selectivo, prohíbe la escritura en su idioma y así dificulta la transmisión generacional de la consciencia sobre el pasado y las luchas propios..., entonces, correlativamente a que esa realidad material es destruida, también lo son las manifestaciones culturales que se afirmaban sobre esa base convivencial y sobre esa vida económica. De modo que la re-definición imperialista de la existencia material es inextricablemente el expolio de las concepciones, de las ideas y de las prácticas culturales cuyo sentido e incluso condiciones de práctica desaparecen. Y cuando esos grupos humanos luchan contra el expolio del que son objeto, luchan no siendo demasiado “selectivos” en la defensa de lo que consideran propio. ¿Implica esto la residencia de ideas y de costumbres reaccionarias que llegan incluso a tomarse como puntos de apoyo y leit motives subjetivos de estas luchas contra el imperialismo?: otra evidencia. En toda sociedad dividida en clases, la cultura social dominante es -directamente o como reflejo socialmente incorporado- la cultura de la clase dominante, con el gravamen de que las condiciones de existencia que sufren esos grupos humanos son un catalizador para las compensaciones reaccionarias y para las venganzas imaginarias de la impotencia, revestidas de Juicios finales y de los en última instancia impotentes y temerosos llamamientos a la paz y la concordia entre los creyentes. Exigir “conciencias libres y puras”, exentas de ideologías burguesas y pequeñoburguesas como requisito para respaldar tales luchas -y encima no siendo la base social de estas resistencias exclusivamente proletaria-, es un “baremo de selección” que sólo puede ocurrírsele a los extremistas, presos de sus desviaciones ideológicas idealistas. Si esa consciencia libre de tales ideologías dominara en las fuerzas de lucha contra el imperialismo, significaría que las condiciones materiales de existencia habrían producido a ese ser nuevo y su consciencia y, por tanto, no habría ya capitalismo ni estaríamos discutiendo sobre la necesidad de conjugar a esas fuerzas bajo una dirección objetiva hacia la revolución. Los comunistas valoramos las fuerzas sociales nacidas y en desarrollo de las entrañas mismas del capitalismo, no por lo que se representen ni por las pretensiones subjetivas de sus portadores humanos, sino por su sentido objetivo.

   LA MISMA HISTORIA: DIVISÓN DE FUNCIONES Y JERARQUÍA EN EL PROCESO IMPERIALISTA DE SOMETIMIENTO

   Hoy, más de un siglo después de que Lenin hiciera la crítica del socialchovinismo y del socialpacifismo, continuamos en el mismo periodo -último del capitalismo en un sentido de final-, que desarrolla sus ladridos camuflados tras balidos, igual que hiciera entonces. A aquella socialdemocracia que justificaba el imperialismo de los Estados en que ella participaba,  invocando que ese dominio traía el rescate de la humanidad -sobre todo si ella estaba de por medio- frente a las garras del oscurantismo a la vez que reunía a amplias poblaciones bajo el mandato de Estados ricos que en cuestión de poco tiempo iban a ser socialistas, le ha sucedido la socialdemocracia que, gobernante, manda sus ejércitos a “misiones de paz” y “por la defensa de los débiles, de los desprotegidos, de la población civil”. Es la socialdemocracia que cierra acuerdos de armamento con las burguesías imperialistas en nombre de la solidaridad y cooperación internacionalista con pueblos amenazados por los imperialistas (acuerdos de Zapatero con Venezuela) o por “bárbaros terroristas” (acuerdos trilaterales de Zapatero con USA e Israel). Anima, la socialdemocracia, a las clases a salir a la calle en con-fusión e in-distinción ciudadana para pedirle, al imperialismo, medidas por la paz o implicación en la paz, así como solidaridad armada para la desmilitarización y por la autodeterminación. Pero a esta socialdemocracia se agregan las ONGs, protagonizando el ordenamiento capitalista en la división internacional de los cultivos de modo que no queden molestados los intereses de la industria agrónoma, y condenando a los campesinos pobres y al proletariado rural al pan para hoy, hambre para mañana, que representa ese cultivo selectivo local para el mercado. Mientras, las ONGs ejercen su terrorismo mediático sobre los proletarios, quienes, impactados por la mentira de la culpabilización, se compadecen, avergonzados, de los pobres hambrientos que, sin embargo, en cuanto se cansan de pasar hambre a solas, se reúnen y empuñan un arma, pasan de ser víctimas a ser violentos, piratas, saqueadores, amenaza para la paz y el desarrollo del continente. Opera entonces otra especialidad de las ONGs: hacer chantaje con el hambre, desarmando la lucha a cambio de programas de alimentos y metiendo entonces a la población, ya indefensa, en sus campos de concentración, donde los “voluntarios” proceden a separar el grano de la paja: leche en polvo para los niños, mujeres y ancianos; retención y prisión para los hombres jóvenes y fuertes.

   Imperialismo con rostro humano, pintado del azul de la ONU o de policromía cumbayá. Internacionalismo, allá donde haga falta, por un mundo mejor. Quienes se resisten a ser el cuello apretado por la cadena, componen el universo amenazante de los egoístas, los exclusionistas, los tribalistas enemigos de la humanidad, los enemigos de la interculturalidad, del diálogo y del entendimiento, los fascistas, los esbirros -inconscientes o no- manejados por sus poderes regionales o por sus burguesías, el negro sediento de sangre a machetazos, el fanático hombre-bomba o el hombre del saco que ata bombas a los niños, los piratas, los mafiosos, los terroristas, los irracionales, los locos, los nacionalistas. Afirmaba Malcolm X que, si nos descuidamos, los medios de mistificación nos harían odiar al oprimido y amar al opresor.

   Intentando apenas sobrevivir bajo un Estado cuya Ley establece que no es delito que un judío mate a un no judío, y donde las leyes talmúdicas establecen que esto es un sacrificio meritorio bastando, para esa condecoración, que el judío se sienta amenazado. Bajo un Estado sin más fronteras que aquellas que Yahvé provea si su rebaño se las gana, donde la ocupación de tierras no es robo sino cumplimiento de la Aliyaa -la reunión de “los aliados con Dios” en su “Tierra Prometida”-, donde todo no judío está provisionalmente y “contra natura” mientras todo judío no importa de qué origen ni territorialidad tiene derecho,  protegido legalmente y garantizado por la violencia de Estado, a arrebatar propiedades y asentamiento. Bajo un Estado regido por rabinos que ordenan la aplicación militar de las ordenanzas escritas en sus libros -destruir el país de los cedros, no dar jamás tregua a los árabes, quienes son llamados por la Torah ahbaroshim, literalmente “ratas”, dotadas de cuerpo humano y puestas por Yahvé en el camino de su Pueblo para probar su fortaleza, su decisión y su consciencia de singularidad. Intentando apenas sobrevivir en campos de exterminio rodeados por muros y a tiro de aviación o de los fusiles policiacos de “su” propia burguesía. Cuando a un palestino se le ocurre consumar coherentemente ese testarudo intento suyo de apenas supervivencia y toma una piedra o una escopeta, y hasta se junta con otro palestino para la mutua protección, los medios le dan título de pertenencia a Hamas. O le dan título de intoxicado por fanatismo e ideales de hacer limpieza de infieles, con el odio inyectado en las venas por cavilosos manipuladores. ¿Odio?: quizás. ¿Ideales?: todo el ideal que pueda caber en un callejón sin salida, frente a un bulldozer avanzando y con los hijos de uno delante de él. Frente a la fatalidad de que el bulldozer se trague todo lo que encuentre hasta tocar la pared del callejón, ¿es adelantarse a la propia familia e inmolarse, ganas jubilosas de martirio?. Pero, claro, a ese bulldozer, o tanque, o avión, u ocupante, o vertido de basura radioactiva entre los olivos y entre los escombros de las urbes, lo substituye otro, y vienen más, y otros más, y los niños están solos esta vez, sin aquél que murió intentando minar la celeridad de los hechos. Ante el reto comunista de sacar, a estas luchas por la dignidad y por la supervivencia frente al imperialismo asesino, del atolladero histórico a que las condena el brutal desequilibrio de fuerzas, de la parálisis y del desgaste de las poblaciones hasta su consumición en el estómago de los gigantes, rescate comunista que exige una profunda crítica de estas luchas coetánea a una profunda solidaridad con las mismas y a la difusión de la perspectiva de lucha por el socialismo, ¿cómo puede el extremismo diagnosticar esta contradicción como si ella fuera una “lucha inter-imperialista” entre burguesías, “señores de la guerra” vasallos o fuertes, y camarillas con pretensiones de empezar su propia acumulación de Capital; lucha cuyos actores principales serían por igual enemigos de un proletariado objetivamente ajeno y adverso a esa lucha misma, aunque primera víctima del enrolamiento?. Ciertamente estos conflictos son poliédricos, y contienen en su seno estas contradicciones, capaces en ocasiones de arrastrar tras de sí a la contradicción principal y disolverla a expensas del uso dirigista de su fuerza; ¡sobre todo si el materialismo dialéctico y su fuerza política, en lugar de denunciar a gritos sobre los oídos de esas poblaciones en pie de guerra, que la bandera de la liberación nacional enarbolada por sus burguesías no sintonizará jamás con la corriente de los vientos por su emancipación, propugna darles la espalda por no ver en esos movimientos más que un polo en una contradicción inter-imperialista!. ¿No es esta misma mistificación y, en fin, supresión del trasfondo económico y de lucha de clases implícito a la lucha anti-imperialista, la que inyecta la prensa burguesa sobre el proletariado?: “Los monstruos del sionismo contra los monstruos de Hamas; la población civil, víctima, sufre el drama de la guerra, sobre todo la palestina”, es decir, simetría en contraposición; éste es el pseudo-escenario que la voz del imperialismo nos presenta. “El ejército del Zar contra los mafiosos y proxenetas chechenos: dramática lucha de codicias”: simetría en contraposición. “El tribalismo sectario incendia Irak: las fuerzas internacionales luchan por La Paz”: simetría multipolar en contraposición. “Los selenitas talibanes se han posado sobre el pueblo de Afganistán y compiten con Occidente por el control del territorio”: (no es lo que se dice “simetría”) en contraposición, donde parece que los ocupados fueran ocupantes salidos de un mundo extraño a la realidad material agregativa e ideológica afgana -guste ésta o no-, y que los agresores estuvieran defendiéndose de un terrorismo amenazador. “Lucha entre las potencias occidentales y los señores de la guerra por el control de Somalia”: simetría en contraposición. “Fanáticos maoístas sedientos de sangre asesinan a un contingente de soldados indios que se habían internado en Nepal para asegurar las fronteras de su país e impedir que se propague la rebelión”: simetría en contraposición. “El ejército turco ocupa el Norte de Irak a fin de destruir la infraestructura kurda de los atentados que se cometen en Turquía; la acción causa muertos civiles“: simetría en contraposición. “Los Balcanes presos de la locura nacionalista y de la limpieza étnica: la ONU y la OTAN quieren actuar por la paz, pero sus miembros no descuidan a sus aliados respectivos y entorpecen la acción sin fisuras para derrotar a los fascistas servios y desarmarlos”: simetría en contraposición. Si los comunistas vamos a ver las cosas a través de los ojos que el imperialismo pretende ponernos, quien se extirpa a sí mismo del objeto de análisis, ocultando la contradicción entre la ordenación imperialista de la “vida” y la muerte de las poblaciones, y la propia determinación autónoma de éstas a su emancipación de esa contradicción, mientras sólo deja a la vista una compleja red de juegos políticos entre actores de idéntica cualidad, de idéntica substancia partidaria a costa de la “población civil víctima”, en alianza-competencia, entonces, en coherencia con esa mistificación de base, no vamos los comunistas a tomar partido en esos pretendidos “marcos de irracionalidad”. Clamemos por la paz, previa venida del proletariado al mundo en toda su extensión, no vayamos a ser idealistas. Porque, eso lo tenemos claro: paz mundial bajo el capitalismo no puede haber. El socialpacifismo muestra aquí su veneno de puro entreguismo: en lugar de ponerse al lado, de entrada incondicional, de las luchas poblacionales de emancipación relativa (respecto de su apresamiento en condición de víctimas verdaderas en la contradicción imperialista) -buscando a la vez ponerse de referente de ellas y revolucionarlas llevándolas a la toma de partido consciente por el socialismo-, ese socialpacifismo inherente al pseudo-radicalismo extremista entrega a estas poblaciones a su opresión y a su genocidio porque, horrores mundanos del capitalismo, estos grupos humanos componen bandos de guerras, y además porque no albergan en sí y por sí  potencialidad de desarrollo de perspectiva proletaria: ¡como si la guerra fuera una opción de estos, y no una determinación del Modo de Producción capitalista que, a morir o sobrevivir intentando defenderse, deja la pacifista alternativa de morir pacíficamente... bajo las bombas de las aviaciones imperialistas!. ¡Como si la perspectiva proletaria pudiera aflorar tras ser incubada en sí y por sí  en movimientos cuya base material de composición no es, en no pocos contextos, ni siquiera principalmente proletaria!. Condenar en abstracto “la guerra”, negándose a tomar partido en relación a las luchas anti-imperialistas y negándose a encararse prioritariamente contra el Estado “propio” en las guerras inter-imperialistas, en lugar de condenar la guerra dialécticamente, es decir, a través de una práctica superatoria del Modo de Producción que las engendra, lo que pasa por la implicación solidaria guerrera en las luchas que no dependen de la voluntad de las poblaciones masacradas por el imperialismo: he aquí el método idealista de pseudo-análisis y el utopismo reaccionario propios del socialpacifismo. Las ONGs distribuyen virtudes y pecados en su maníqueo eje moralista: el oprimido aislado que no tiene posibilidad de defenderse, encarna para ellas y, en general, para los medios ideológicos de la burguesía, “la virtud del cristiano sufrimiento propio de la humanidad que quiere la paz”. Pero el compadecimiento de masas y las palabras de solidaridad se ven truncadas en cuanto esa víctima se niega a asumir esa condición suya como fatal destino y presenta batalla junto a otras personas de su misma condición: eso le hace pasar automáticamente al otro lado; a partir de entonces es un violento enemigo de la humanidad. El extremismo, tan extremista él, llega en su recorrido al puerto de entroncar con ONGs y prensa burguesa, aun restándole a la mistificación un ápice de contenido moralista en “responsabilidad moral”: el luchador ejercería su función a ras de suelo como carne de cañón de sus propios verdugos, que serían, por su empleo y llenándole la cabeza de ideas destructivas, los verdugos de otros. Es identificado como objetivamente participante en un engranaje opresor. Al parecer, es él y otros como él quienes no dejan a la humanidad en paz.

   Volviendo al caso palestino, nunca podemos convenir, con la prensa, en que hay, de un lado, “población civil inocente”, y, del otro, “los milicianos de Hamas” como bando de cualidad esencial indistinta a Israel. Eso significa llorar por la pobre humanidad indefensa ante el Capital, mientras la persona que tiene en su familia a un pedazo de esa humanidad indefensa, y no puede más que defenderla, con todas sus limitaciones para ello, empuñando un arma o usando una bomba, entra así en el “club” de los verdugos; o en el “club” de “los actores del conflicto”, según la nomenclatura de los medios imperialistas, con su contraposición inocente-culpable, civil-militar, que, ante la opinión pública, muestra como enemigos, como agresores y agredidos, como fanáticos contra “escudos humanos” de los que supuestamente harían uso, a unos u otros miembros de las mismas familias mutiladas y del mismo bloque de viviendas demolido por las bombas: la hipocresía asesina del socialpacifismo en su máxima expresión. Alegoría del ideal burgués de la igualdad competencial de oportunidades: ONU, prensa y agresor directo hacen los ruegos y las exhortaciones al fair play. Pareciera que el despliegue imperialista y la defensa frente al mismo conformaran un “asunto entre cuerpos armados”; “cosas de ellos..., que han de resolver por sí mismos y sin mezclar a inocentes”: ¡como si la defensa no fuera una condena de compromiso colectivo, en la que participa, como puede y desde donde puede, aquél y aquélla que puede!. ¡Como si la defensa fuera la elección de unos individuos  posesos de actitud de lucha contra otros y que, así, “saben el riesgo que les corresponde en su disposición de confrontarse”!. 

   Y tanto que la mayoría -aunque no todos ni mucho menos- entre quienes tienen que defender a los suyos, a sí mismos y a la tierra -entendida como marco material en que su vida está, hasta el momento y hasta la destrucción real de las fronteras y de las sujeciones a la localidad, objetivamente inserta, y como marco material en que objetivamente tienen que desarrollar su existencia-, contra la burguesía palestina de la OLP y la Autoridad Nacional, y contra Israel, son personas que lo hacen “ingresando” en Hamas, organización híbrida con carácter funcional e instrumental semi-burgués y semi-pequeñoburgués, que además intenta ser manipulada y dirigida por potencias imperialistas: Francia y Rusia. No hay demasiadas opciones de efectividad de autodefensa descoordinándose grupuscularmente fuera de esa estructura: Hamas dispone de financiación, tiene armas, es fuerte, cuenta con coordinación táctica y militar interna fruto de su misma numerosidad, puede, por tanto, emprender acciones de autodefensa palestina con perspectivas de logro cualitativo que por su cuenta o en otras organizaciones el palestino hoy no puede emprender, cuenta con capacidad de movilización de recursos, de su centralización y de su transferencia hacia las clases y capas oprimidas palestinas. Todo esto no significa que el palestino que lucha en Hamas y se sirve de su estructura como medio material para la defensa anti-imperialista, esté encuadrado entregada e incondicionalmente en el curso objetivo marcado por las fuerzas de clase directivas de Hamas y que ordenan y organizan las fuerzas totales de Hamas para afirmar, en la acción, su perspectiva híbrida burguesa y pequeñoburguesa. Los comunistas debemos cuestionarnos -porque es parte de nuestro compromiso internacionalista- cómo armar, fortalecer y dar premisas de claridad y de autonomía de clase al proletariado palestino, para que éste pueda realmente, en cierto momento de su acumulación de fuerzas materiales y de consciencia, destruir el Hamas actual conquistando su carácter de clase director y apropiándose de ese fondo de fuerzas. Y continuando redobladamente, alcanzado ese progreso y puesta bajo dominación proletaria la cooperación relativa con la pequeña burguesía -y no al revés, como ahora sucede-, con su lucha contra el capitalismo -lo que significa contra el programa supremacista mesiánico intrínseco al judaísmo y avalado por el Capital financiero internacional y por sus instrumentos militares, del que el proletariado palestino es víctima, así como contra la burguesía palestina no importa si de la fracción OLPista o de ideología pseudo-islamista de Hamas, y, finalmente, contra toda ingerencia de no importa qué burguesía árabe o de qué potencia imperialista. Pero lo que no podemos rechazar los comunistas, es la lucha poblacional que hoy tiene lugar aún desde esas estructuras objeto de nuestra crítica radical, identificando a las orientaciones y aprovechamientos de fuerzas por parte de los propietarios objetivos de la estructura para sus proyectos de clase, con el carácter de clase motriz de la fuerza misma, ni con las repercusiones objetivas potenciales de esa fuerza sobre el estado del Modo de Producción y sobre sus perspectivas de Acumulación ampliada y así sobre su propia reproducción. Así mismo, ¿cómo puede pensarse en el éxito de una revolución socialista en cualquiera de los países árabes de la región -o en varios de ellos- si no es destruido ese mastodonte militar contrarrevolucionario, y plataforma de lanzamiento de la contrarrevolución vía yankie, OTAN, ONU o Fuerzas llamadas “Internacionales” (inter-imperialistas), que Israel es?.

   Cuando el proletariado iraní y otras clases y capas oprimidas salen a la calle a luchar por algo tan básico, tan obvio, tan materialista, tan alejado de etéreos y metafísicos ideales, como es comer y vivir en paz -algo al mismo tiempo tan revolucionario, pues exige la destrucción del Modo de Producción capitalista-, la fracción de la burguesía empresarial iraní cuyos intereses entroncan con la burguesía de Estado que hay tras la política de Ahmadineyad, amenaza a la Unión Europea con anular sus negocios conjuntos y desfavorecer las inversiones europeas si cualquiera de sus miembros o sus organismos como tales son demasiado “críticos”. Al mismo tiempo, acusa con todos sus medios -y a través de los medios en manos de burguesías afines o aliadas- a las movilizaciones de responder a la acción desestabilizadora por parte de la CIA y del Mossad, quienes estarían construyendo su bando para la guerra civil. ¿Es que vamos a hacer nosotros lo mismo pero al revés y acusar a las masas iraníes, cuando éstas salen a la calle para expresar su miedo y al mismo tiempo su indignación y firmeza de disposición de lucha contra la amenaza conjunta estadounidense e israelí, de ser -como dicen los medios de mistificación con todo el racismo con que pueden expresarse- el “rebaño movilizado por el Régimen de los Ayatolás”?. ¿Es que vamos a suscribir las versiones pseudo-teóricas más reaccionarias en relación a la historia, tratando a las masas oprimidas como si sus funciones en la escena histórica fueran indefectiblemente las del títere que se mueve manejado por uno u otro poder?. ¿Es que, en lugar de analizar cómo la lucha de clases halla reflejo en el plano político, apareciendo a modo de campo de fuerzas donde la cuestión de quién domina las energías desatadas y quién entra bajo la sintonía de la fuerza dominante, es una cuestión no decidida más que a través del curso estratégico de las propias luchas, vamos a descalificar la solidaridad manifiesta de las masas iraníes con los movimientos árabes anti-imperialistas, esgrimiendo que no serían otra cosa que seguidismo objetivo a los planes y estrategias del Estado iraní, quien, obviamente, financia a estos movimientos guiado por sus propias perspectivas de supervivencia política y económica?.

   No podemos confundir tras la categoría falsa de bandos en guerra imperialista, a:

   La potencia imperialista que invade un territorio y masacra a su población para hacerse con los recursos de éste, para extender la fábrica y la industria agrícola, para continuar con la labor histórica capitalista de expropiación de la propiedad personal o gentilicia pre-capitalista y así disponer de FT local, para tomar la propiedad real de la producción sobre el cadáver de las viejas clases dominantes liquidadas, substituir el Capital fijo destruido por el propio y ampliar el volumen de producción para así dar a ésta proyección de mercado externo a la vez que se toma al interno en manos propias.

   El superempresario liberal que se sirve de la ideología islamista a fin de movilizar una fuerza que él mismo ayuda en armar, y que ha de servirle para poner palos en las ruedas de las burguesías rivales.

   La ideología del islamismo, ideología pequeñoburguesa que, al aferrarse a la construcción de unas entidades políticas sujetas a y guardianas de la prohibición coránica de la usura, así como sujetas a la prohibición de toda centralización política tributaria que no traduzca el tributo en re-inversión asistencial, en re-inversión de financiación religiosa o de construcción de mezquitas, o en re-inversión para el sustento de los presos liberados, y sujetas a la prohibición de la acumulación de beneficio sobre la venta, es una ideología que, de materializarse a través del éxito de un movimiento de masas, sustrae, a esos territorios y a esas poblaciones, del modo en que el capitalismo tiene que funcionar a nivel mundial, configurándolos como una “civilización” que verdaderamente choca con el capitalismo en mutua incompatibilidad de existencias. Si el comunismo primitivo de los indígenas que poblaban Norte América los hizo incongeniables, en tanto que Fuerza Productiva, con la producción mercantil y refractarios a la misma, y así, la colonización tuvo que exterminarlos, se puede decir que las masas árabes y, más ampliamente, musulmanas, siempre susceptibles de caer bajo el influjo de la ideología pequeñoburguesa del islamismo o de caer bajo su dominio político, son los nuevos “pieles rojas” no susceptibles de integración. Para su liquidación racionalmente programada y selectiva, el imperialismo estadounidense ha encontrado a su caballería y a sus colonos en el supremacismo mesiánico judaico, que, recíprocamente, utiliza, con sus finanzas y con su posición de dominio en los aparatos ejecutivo, legislativo y judicial del Estado, al imperialismo estadounidense.

   LA NEGACIÓN IDEOLÓGICO-INSTINTIVA PROLETARIA PROPIA DEL EXTREMISMO, Y LA NEGACIÓN COMUNISTA DE LA NEGACIÓN

   La noción de “nación oprimida”, enarbolada, por ejemplo, por la vertiente de derechas del maoísmo, es contra-revolucionaria, ya que con-funde, disolviéndolas en una sola unidad política real sometida bajo la jerarquía mundial entre Estados y organismos supra-nacionales, a las masas oprimidas y a la parte socio-económica dominante en la nación. Tanto más cuanto que esa clase dominante nacional ejerce su opresión dependiente de la opresión imperialista, y por tanto la vehicula y procura, no sin la disputa de su contradicción con el imperialismo. Pero a esa ideología no opone el trotskismo su superación dialéctica, sino una premisa abstracta, “La contradicción es entre la burguesía internacional y el proletariado internacional”, de nulo valor estratégico y de nula realidad en tanto que supone un espaldarazo a las luchas que los conjuntos proletarios concretos –y no tan sólo proletarios- están determinados a librar en el seno de los territorios cuya estructura política y económica particular, determinada por la jerarquía política y económica general del ordenamiento capitalista, los apresa y los aplasta. Es, a través de la conjunción y de la proyección de esas contradicciones reales, que la revolución internacional realiza su acumulación de fuerzas y se abre camino material y de perspectiva, y no mediante la invocación de palabra a la revolución internacional reducida a consigna y a imperativo de deseo. ¿No es esta omisión de la particularidad proletaria de existencia, una negación y una renuncia, en la práctica, a conquistar la autonomía del proletariado en su lucha contra las proyecciones y concreciones reales del ser burgués internacional?. El análisis dialéctico queda así interrumpido y roto, en el razonamiento de los trotskistas, por la interposición de la vulgar antítesis a la ideología de la nación, a cuya luz la resistencia de la población oprimida al dominio nacional o plurinacional –como la libanesa bajo el terror israelí invitado en secreto en su última masacre por la propia burguesía libanesa y su gobierno-, es “nacionalismo”. Hacen, estos “trotskistas”, poco honor a Trotsky, quien afirmó que, aunque el materialismo dialéctico evidentemente es la negación de la auto-consistencia del fenómeno fuera de la Totalidad que lo produce, mal materialista dialéctico sería quien rehuyera “el análisis concreto de la realidad concreta”, en palabras de Lenin, al no tomar como tarea el ir hasta la comprensión de lo particular desde el marco general de comprensión. Pues lo general se manifiesta como lo particular que lo contiene y es, así, el punto de partida para la integración consciente y coherente de su objeto. Y lo general mismo no es auténticamente comprensible si no a la luz del análisis de lo particular que lo compone. Este trotskismo no es así más que, a lo sumo, un retroceso a aquel método de pensamiento al que Engels aludía como dialéctica espontánea helénica, todavía antítesis de la metafísica, ya que permanece en lo general en lugar de desmentir mediante el análisis científico todo aislamiento metafísico de lo particular.

   El extremismo, por su parte, está incluso netamente por debajo del trotskismo en este aspecto. Su método no es el del comunismo, es decir, la negación, a través del materialismo dialéctico, de esa negación no revolucionaria del mundo capitalista que la ideología espontánea asumida en sí y por sí por el proletariado significa. Al contrario, el extremismo, desde su premisa consistente en tomar al pensamiento comunista como la expresión más avanzada, clara y consciente de la negación razonada que el proletariado formula, por su empiria, respecto de la ideología dominante y de la misma realidad con que se enfrenta, acostumbra a discurrir por la senda de re-afirmar esa ideología reactiva, ese rechazo proletario en condición de mecanismo de defensa de todo organismo con instinto de supervivencia, “elevándolo”, eso sí, a un nivel “más avanzado, claro y consciente” de elaboración y de asunción, lo que significa desarrollando sus errores básicos y su fuerza confusionista. Así, cuando las franjas más o menos avanzadas entre el proletariado socio-económico disienten del nacionalismo, ese empuje de aborrecimiento determinado por la vivencia propia conduce a ese proletariado a tomar por objeto de su negación a la esfera de lo real que ocupa el plano de la vivencia, esto es, al fenómeno. Por tanto, extenderá en bloc su negación a un conjunto reunido sobre la base de la analogía fenoménica, lo que es un ejercicio de con-fusión entre esencias radicalmente antagónicas. Como el objeto de conocimiento con que el proletariado se relaciona en lo inmediato, es nada más que la manifestación formal, la punta del iceberg, la identificación de “nacionalista” será extrapolada a todo movimiento que contenga componentes realmente típicos del nacionalismo: expresivos, ideológicos, de tradiciones, incluso de costumbres reaccionarias y opresivas, de reivindicación emancipatoria en un medio territorial porque, en este caso, es sobre ese medio material, que circunscribe realmente al grupo humano oprimido, que el imperialismo despliega su acción militar o jurídica, su ordenación económica, etc. Pero, de todos modos, esta negación empirista de clase que no discrimina entre las contraposiciones de esencia, ni siquiera es empirista no mediada; se constituye mediada por la prensa: a través de ella, la burguesía pone todo su empeño por cargar las tintas, deformar, distorsionar, caricaturizar y dar ciertos colores a esa punta del iceberg, poniendo en la boca del espectador el grito de anatema al “mostrarle” cuan salvajes nacionalistas son esos grupos o esas gentes. La ruptura de la solidaridad internacionalista, cuando no el apoyo a las supuestas fuerzas “de la tolerancia, de un mundo menos fragmentado, de la apertura de miras, de la defensa de la población civil frente a la cerrazón que les intimida…”, están así aseguradas.

   Este mismo análisis podría ser llevado a otras cuestiones relacionadas con la contradicción entre el imperialismo y las clases y capas oprimidas en el seno de las poblaciones de la Tierra: precisamente por su sensibilidad, solidaridad y consciencia de especie, el proletariado rechaza el militarismo y se indigna al ver cómo el mundo arde en guerras y genocidios. Pero su deriva de negación espontánea no puede más que conducirlo mayoritariamente al anhelo pacifista de borrar, con cooperación, “diálogo entre civilizaciones”, tolerancia y buena voluntad de otros políticos “propios” y también por parte de sectores “abiertos y dialogantes, alejados del fanatismo…” en ese mundo “otro”, ese lamentable y desastroso “estado del mundo” que lo aterroriza y apena. A eso, o a asumir la reacción “antitética” del fruncir con nihilismo el ceño y parlotear respecto de que por condición humana no tenemos arreglo, incluso tomando ese nihilismo una expresión metafísica cuando se dice que dios, la naturaleza, la vida o la evolución nos pusieron sobre el mundo para pelearnos o para competir. Con lo último, la negación espontánea del militarismo, de la guerra y del enfrentamiento llega a naturalizarlos, entregándose en rendición al punto de partida, mientras expresa su aborrecimiento de él.

   Pero, afirmando la negación de esa negación –lo que no significa, contra lo que pretende erróneamente el razonamiento metafísico, que entonces estemos regresando a la afirmación primera, sino, por el contrario, superándola dialécticamente a la vez que superamos su antítesis-, el materialismo histórico concreta un programa político en relación a la cuestión imperialista y lo transmite al proletariado. Frente a la objetividad de la guerra bajo el imperialismo –época de las guerras y de la revolución, en palabras de Lenin-, realidad bélica mundial determinada por el Modo de Producción y en relación a la que es una utopía reaccionaria, tanto pretender que no se está objetivamente implicado –pues nuestra clase posee condición internacional e internacionales son las fuerzas que nuestra lucha conjuga-, como pretender su “resolución” a partir de ideales de paz y de manifestaciones y posicionamientos “por la paz”, ¿qué corresponde?.

   1. En un marco bélico inter-imperialista, los comunistas deben llamar, con toda su fuerza de clarificación, al proletariado a dirigir sus armas y todas sus energías de sabotaje, contra sus respectivas burguesías nacionales o de bloque. Y, a la vez, los comunistas deben propugnar la confraternización proletaria al tiempo que el compromiso material de cada proletariado con cada lucha respectiva de los demás proletariados por destruir el Estado nacional o el bloque que los somete a la guerra.

   2. Y, en un marco bélico imperialista, las tareas de los comunistas son:

   2. a. En relación al frente militar de la potencia imperialista agresora, sembrar la comprensión proletaria en relación a la situación que sufre el proletariado –y, más ampliamente, la población oprimida- en el territorio agredido, y así dirigirlo hacia la insumisión militar y hacia su unificación con la resistencia anti-imperialista por el fracaso de la campaña bélica.

   2. b. En relación al proletariado que está siendo sometido al frente civil de la potencia imperialista agresora, y al que la burguesía intenta encuadrar en el apoyo y en el cierre de filas, los comunistas encauzan sus fuerzas a fomentar la simpatía con la población oprimida hasta el punto de provocar que el proletariado haga suya esa lucha. Ello significa alentar al despliegue de mecanismos de boicot, de sabotaje y de presión con que minar la efectividad de la campaña militar y con que contrarrestar los efectos de la maquinaria ideológica de encuadramiento, de insensibilización, de indiferencia o de resignación a “los hechos”:

   Sabotaje a la importación mercantil por otras burguesías nacionales inmersas y sabotaje a las exportaciones “propias”.

   Denuncia y hostigamiento de clase y masivo de los gestores políticos, burocráticos y diplomáticos que, al servicio de la burguesía monopolista, administran el curso de la agresión.

   Explicación del fondo histórico y económico de la guerra imperialista, procurando la comprensión de que, más allá de aquello que el proletariado pueda conseguir contra una u otra agresión, éstas prosiguen su expansión a lo largo y ancho del Globo y se extienden y agravan a menos que la revolución comunista dé salida histórica respecto de la época del imperialismo.    

   Consagración de energías al planeamiento y al estallido de la huelga de masas que imponga al imperialismo el repliegue de sus fuerzas, cortocircuite la transmisión de suministros y la destinación de soldados para la guerra, y paralice los procesos económicos para la acumulación de Capital, de modo que interrumpir la campaña militar se convierta en un mal menor necesario medido en la balanza de ganancias en comparación a las pérdidas ocasionadas por la solidaridad anti-imperialista.       

   2. c. Finalmente, en relación al proletariado y demás clases y capas oprimidas que son agredidos por el imperialismo, los comunistas les consciencian a abrir, junto a su lucha anti-imperialista, un frente inseparable de lucha por el derrocamiento del dominio político de su burguesía, servil, eslabón ella también de la cadena imperialista que los asfixia, lugarteniente y explotadora por ella misma y por sus propias necesidades de clase. Este frente contiene una dimensión de frente anti-ideológico contra el aparato mentiroso de esa burguesía y contra sus dispositivos de encuadramiento, con los que ella pretende hacer, del proletariado y de la población oprimida, carne de cañón en sus “juegos” de fuerza y de presión inter-burgueses. Mientras al mismo tiempo dicha burguesía fortalece y nutre cuantitativamente a su aparato represor, que alinea a disposición del imperialismo tan pronto como tiene que rendirse, por su propia debilidad en la correlación de fuerzas inter-burguesas, a persistir bajo la sombra que ella misma alimenta. O tan pronto como se procura, en alianza con mejores postores, unas circunstancias de beneficio condicional.

   Es así, transmitiendo a las masas del Planeta y, en primer lugar, al proletariado de las grandes potencias imperialistas, la dialéctica objetiva que, al margen de nuestra voluntad y de nuestra preferencia ideal, contiene a los movimientos anti-imperialistas y a la lucha por el comunismo –dialéctica objetiva con la que sólo cabe coherencia estratégica-, como los comunistas embarcamos tras el Partido del proletariado a los parias de la Tierra, a la famélica legión puesta así en pie para formar en las filas de los productores de un mundo nuevo.